Los estudios sobre el discurso son amplios. El discurso, según Michel Foucault, sociólogo francés, es un sistema de conocimiento que regula lo que puede ser dicho, pensado y hecho en una sociedad, y está intrínsecamente relacionado con el poder.
Foucault define el discurso no solo como un conjunto de palabras o expresiones, sino como un sistema que estructura el conocimiento y las prácticas sociales. El discurso tiene el poder de definir lo que es considerado “normal” o “anormal”, y a través de él se ejerce control sobre las prácticas y pensamientos de las personas. Este control se manifiesta de manera preferente en la educación.
El discurso educativo nace de la interacción verbal -con las vertientes no verbal y paraverbal de la comunicación-, que se produce entre el docente y el estudiante en el contexto formal de la enseñanza. Este tipo de discurso tiene como objetivo principal transmitir conocimientos y valores humanos, al utilizar el diálogo intersubjetivo para representar y reformular el conocimiento de la realidad. Además, se caracteriza por su carácter instruccional y busca influir en los aprendizajes.
El discurso en las aulas
En el Ecuador no existen investigaciones etnográficas sobre el discurso en las aulas, pese a su pertinencia y necesidad de descifrar sus implicaciones en los campos pedagógicos y didácticos, y también en los órdenes sociales, valóricos y políticos.
Umberto Eco, italiano, autor del “Tratado de la Semiótica” da luces para entender la naturaleza del discurso, así como Daniel Prieto, argentino, quien, en el libro “Análisis del discurso”, plantea las nociones del discurso, su ordenamiento, las estrategias de fondo y de superficie, el relato y la imagen.
Daniel Prieto recuerda que Simón Rodríguez, quien hablaba en su tiempo que “el niño debe desarrollar ciertas capacidades que le permitan seguir aprendiendo solo”. “Enseñar a aprender” es entonces la clave.
Y añade Prieto: “No se puede educar si uno, en la práctica, se dedica a frustrar la espontaneidad, la creatividad y la curiosidad. Si el docente premia la uniformidad, la sumisión y la complicidad, llega a la apoteosis en las fiestas escolares, en las tareas tediosas, volcadas al pasado, y en las redacciones en las cuales los niños son forzados a hablar y escribir como viejos. Y continúa vigente el discurso domesticador, enemigo de la imaginación, plagado de lugares comunes, pobre en expresividad y en contenidos. Los docentes harían bien repasar a Piaget y Freire”.
Docentes y discentes
Muchos piensan que el discurso es patrimonio de los profesores; también los alumnos son emisores de mensajes, a través de las preguntas, cuando se les permite. El discurso del docente en general impone una narrativa vertical, absoluta e imperativa.
El docente no tiene el patrimonio de la verdad. Si bien el relato gira sobre él, según los contenidos ministeriales, no es menos cierto que la transmisión de mensajes llega a los estudiantes mediados por las experiencias del profesor, sus conocimientos y, en ocasiones, por sesgos ideológicos.
En este sentido, cabe advertir que no hay discurso aséptico; de ahí la importancia de estudiar la naturaleza del discurso del profesor, y sus funciones principales: instructiva, afectiva, motivadora, social y ética.
Semiótica del discurso del profesor
Se identifican los siguientes tipos de discursos: manifiestos, perceptibles, cifrados por el lenguaje; latentes, difíciles de identificar, y que a menudo se transmiten a través de comunicación no verbal y paraverbal; y, los intermedios, semi explícitos o semiocultos.
Según la semiótica del discurso, se pueden identificar cinco modelos o taxonomías:
Modelo instructivo. Tiene relación sobre el dominio de la asignatura por parte del docente, su formación científica y preparación psico-pedagógica-didáctica. Las propiedades más importantes en este modelo son: la exposición, los conceptos, las oraciones, la terminología científica, el lenguaje claro y riguroso, la objetividad, la inclusión de datos, las ideas clave, los argumentos y la sencillez del discurso.
Modelo afectivo. Es importante destacar la parte emocional en el proceso de aprendizaje. Autores argumentan que la afectividad es clave en los aprendizajes efectivos. Los indicadores del discurso afectivo son: apertura y respeto a las individualidades. Lenguaje personal y cálido. Actitud dialogal. Homogeneidad, sin trato discriminatorio. Empatía. Palabras de estímulo. Asertividad. Interés por ayudar a resolver dificultades. Comunicación no verbal: contacto visual con los estudiantes, gestos de aprobación, manejo educativo de la sonrisa.
Modelo motivacional. La motivación en el ámbito escolar es relevante. Para aprender hay que estar motivados. Algunos indicadores: las preguntas son grandes motivadores. La presentación de conocimientos nuevos, originales. Modulación del habla mediante cambios de tono y ritmo. Discurso versátil, dinámico, ajustado al contexto y a las necesidades de los alumnos. Lenguaje evocador, sugerente, que estimule la curiosidad y la observación. Intercalar ejemplos, anécdotas, imágenes, dibujos y diagramas. Pausas y silencios. Discurso atrayente y generoso.
Modelo social. El discurso del docente debe ser humano; decir, centrado en los ciudadanos: sus derechos y obligaciones personales, familiares y sociales. Algunos indicadores: La función relacional de la docencia es fundamental. La misión del docente es formar buenas personas, que sean felices a través de encuentros consigo mismos y los demás. Descubrimiento del otro y reconocer las diferencias. Promover consensos y acuerdos. Enseñar el pensamiento crítico y la defensa de los valores humanos: la vida, la honra, el respeto, la justicia, la solidaridad y la paz positiva.
Modelo ético. El hecho educativo es esencialmente ético: formativo en los ámbitos intelectuales (cognitivos), valóricos (comportamentales) y procedimentales (acciones. Algunos indicadores: el discurso del profesor no es dogmático. Evitar las especulaciones, insistir en los argumentos lógicos. Promover la objetividad. Insistir en el diálogo en las aulas. Trabajar en talleres para desarrollar razonamientos morales, mediante casos, debates, acuerdos y desacuerdos. Insistir en una ética civil, articulada a la práctica de los derechos humanos básicos.
La interdependencia e integración de estos modelos o enfoques son necesarios. No hay modelo al estado puro.
Autocrítica
La intervención del profesor no se ubica exclusivamente en las aulas, sino antes, durante y después de las clases. La formación y actualización científica es clave, pero sobre todo su vocación irrenunciable a formar seres humanos íntegros, sensibles y aptos para construir proyectos de vida asequibles. ¡El buen ejemplo contagia!
El discurso es una potencia educadora. En ese sentido, se recomienda a los docentes realizar un proceso de autocrítica, que permita la construcción de un modelo o modelos coherentes, actualizados y comprometidos con la misión de formar ciudadanos y ciudadanas que promuevan los valores democráticos, la ciencia y la conciencia -como dice Edgar Morin-, y una cultura que cultive la identidad, la diversidad y la paz.