Roberto Rossellini, los rostros del dolor

El dolor humano es la fuente de la tragedia. El sufrimiento de un ser, hondo, insondable, genera la tragedia. ¿Puede considerarse la obra de Roberto Rossellini (Roma, 1906-1977) como “el cine del dolor”, como sostiene Enrique González Gallego en su libro del mismo nombre? Su raíz se halla en la tragedia griega, expresión del más sublime apogeo del dolor humano.

Rafael Argullol señala en El héroe y el único: “hay un hilo trágico que cruzaría épocas y generaciones para transmitir un ‘saber’sobre el hombre, en ocasiones encarnado en la filosofía o en las diversas manifestaciones artísticas”. El cine-arte asume este concepto de tragedia. Las grandes realizaciones del “saber” trágico están fraguadas por la historia, pero asumen los signos de la época. Este principio engloba el cine de Rossellini.

Guerras e infortunios del ser

“Lo que es conmovedor –anota este cineasta– es la debilidad del hombre, no su fuerza. Cada hombre es un héroe. La lucha cotidiana es una lucha heroica. (…) Hubo un momento dramático en mi vida: cuando perdí a mi hijo de nueve años”… No es difícil advertir que Rossellini se piensa a sí mismo como una suerte de héroe para poder sortear el dolor indecible de esa pérdida.

González Gallego cuenta que, en una tertulia centrada en la figura de Rossellini, su hijo Renzo lo describió como un hombre solitario, de “naturaleza heroica”, que vivió contra viento y marea en una sociedad que lo desdeñaba a él y a su cine.

La filmografía de este director está saturada de figuras heroicas, solitarias y siempre en contra del entorno que les correspondió vivir. Huérfanos proscritos de sus propias vidas que van a los tumbos rumiando sus propias heridas.

La tragedia como creación estética se engendra en la meditación del ser humano consigo mismo. No solo es búsqueda del ser sobre aquello que le acontece, sino de la razón de su ser. Quienes llevan consigo esta señal padecen ante un mundo invariablemente hostil que los conduce, en ocasiones, al suicidio.

Su primer filme, Desiderio, comienza con un suicidio y concluye con otro. (En el guion original, de Giuseppe de Santis, no figuraba el final suicida, Rossellini lo cambió). El cineasta escribió cada una de sus obras con el rojo sangre de la tragedia.

“Temo que algo de mí se proyecte en un relato. Detesto observarme, describirme. No soy un intelectual. Soy un ser humano. He amado, soy padre y abuelo, pero no estoy contento de mí mismo. Vivo solo, soy pobre. No he ido nunca a cazar dinero”… Estas líneas dibujan la esencia de Rossellini. Su padre fue arquitecto y fundador de las primeras salas de cine donde decidió su itinerario como cineasta, nunca se desamparó de esos espacios.

¿Cuáles son las películas que fijaron su nombre en la historia? La mayoría de opiniones sitúa a la cabeza su magistral trilogía sobre la guerra: La trilogía fascista: Roma, ciudad abierta, 1945; Paisà (Camarada), 1946, y Alemania, año cero, 1948.

Roma, ciudad abierta, un parteaguas entre el cine tradicional y el neorrealismo crudo y atroz. Roma yacía inerme, indefensa, aferrada a la esperanza de no ser devastada por los feroces bombardeos de la segunda conflagración mundial. Documental y ficción de la ocupación nazifascista de la ciudad y la persecución contra la Resistencia. La guerra ciega a los seres humanos.

Pero su legado no se represa en estas cintas. En 1950 exhibió Stromboli, provocando prejuicios arcaicos. Demonizada por Occidente, en este filme, Rossellini remoza su neorrealismo y despliega un poderoso alegato feminista: desnudamiento de la opresión que sufre la mujer por su condición de género. Para este filme y los siguientes, pesará el estigma de sus tórridos romances extramaritales, en especial el que mantuvo con Ingrid Bergman.

Viaje a Italia, 1954. Cinta icónica. Ruptura del inveterado canon del romance. Innovación. Honestidad creadora. Articulación de los vínculos histórico-fílmicos entre el neorrealismo y la nueva ola del cine francés (rechazo a la rigidez del cine convencional y la búsqueda del cine de autor: cámaras personales, diálogos espontáneos, rastreo de nuestra sustancia humana). Historia cruda del hastío que sobrellevan dos cónyuges de cara al pasado que nunca vuelve y el futuro que nadie avizora. Bergman, la musa eviterna de Rossellini, es la protagonista, rutilante y cegadora como fue en la realidad. ¿Filme vivencial? ¿Transgresión de su filosofía de no exhibir nada propio en ningún relato?

Federico Fellini, su amigo más cercano que actuó en una de sus películas y colaboró con él constantemente, dijo: “Rossellini fue el mejor. El más auténtico, en su cine y en su solitaria vida, solitaria a pesar de sus excesos sentimentales”.