El desempleo juvenil en Quito dejó de ser una cifra estadística y se convirtió en un drama cotidiano. Basta con escuchar a Marta Salguero, una joven de 25 años que después de titularse en Finanzas en la Universidad Central no encuentra empleo. Su título universitario, que alguna vez fue promesa de estabilidad, hoy pesa más como un recuerdo que como una garantía.
El caso de Francisco Hernández es similar. A sus 24 años, con un título en Ingeniería en Sistemas, consiguió trabajar un año en la empresa donde hizo prácticas. Sin embargo, la quiebra de esa compañía lo dejó sin empleo. Seis meses después, sobrevive con trabajos esporádicos, sin seguridad ni continuidad. En Quito, la capital que debería concentrar las mayores oportunidades, la juventud se enfrenta a una realidad marcada por la inestabilidad y la falta de horizontes.
‘El mercado laboral exige trayectoria a quienes recién inician, un contrasentido que perpetúa la exclusión. A esto se suma el desajuste entre la formación académica y las demandas de las empresas: el 30% reconoce que lo que estudió no se alinea con lo que hoy buscan los empleadores’.
Según el INEC, el desempleo juvenil en Quito pasó del 15,4% en 2024 al 18,6% en 2025. La tasa duplica ampliamente el promedio nacional, que se ubica en 3,9%. El contraste es brutal: mientras en otras ciudades el mercado laboral ofrece cierto respiro, en la capital los jóvenes enfrentan un panorama más restrictivo.
El problema es aún más grave para las mujeres. Un estudio municipal revela que el desempleo juvenil femenino alcanzó el 18,5%, frente al 15,5% en los hombres. La brecha de género, lejos de reducirse, se amplía cada año.
¿Por qué Quito expulsa a sus jóvenes del mercado formal? La respuesta combina varios factores. El primero es estructural: la economía local se apoya en sectores como el comercio, las manufacturas, el transporte y la construcción, todos ellos estancados o con bajos niveles de formalización. El 27,1% del empleo en la ciudad es informal, lo que implica inestabilidad, bajos ingresos y ausencia de seguridad social. Los jóvenes son los primeros en ingresar a este círculo precario y en salir cuando llegan los recortes.
La falta de experiencia es otro obstáculo. El 45% de los jóvenes identifica este punto como su principal barrera. El mercado laboral exige trayectoria a quienes recién inician, un contrasentido que perpetúa la exclusión.
A esto se suma el desajuste entre la formación académica y las demandas de las empresas: el 30% reconoce que lo que estudió no se alinea con lo que hoy buscan los empleadores. Se genera así un círculo vicioso: más jóvenes entran al mercado presionados por la crisis económica de sus hogares, aumenta la competencia y se eleva la tasa de desempleo.
La reducción de plazas en el sector público, la congelación de contratos ocasionales y el recorte de pasantías dejaron a muchos sin opciones. El doble efecto es devastador: menos empleo directo y menos oportunidades en las empresas privadas que dependen de contratos estatales.
La consecuencia es una generación atrapada entre la frustración y la informalidad. Jóvenes que deberían estar construyendo su proyecto de vida se ven obligados a aceptar encargos ocasionales, a refugiarse en los negocios familiares o a migrar hacia modalidades freelance sin derechos ni garantías. El modelo clásico del empleo estable se fragmentó hace décadas y, con la digitalización, la precariedad se volvió norma. En Ecuador, esas nuevas formas de trabajo llegan despojadas de seguridades.
Quito, con su población joven que representa un tercio de sus habitantes, debería ser un motor de innovación y dinamismo. En lugar de eso, se comporta como una ciudad que castiga la juventud, sobre todo a las mujeres. La capital necesita políticas activas de empleo, incentivos para la contratación juvenil, programas de capacitación ligados a las demandas reales del mercado y una reducción de la brecha de género. De lo contrario, Marta y Francisco no serán excepciones, sino la regla de una ciudad que no se permite mirar al futuro.