Ha trabajado 60 años en la reivindicación de los pobres, para entregar su vida a la redistribución de la riqueza de Brasil. Cuando sindicalista negoció con los dueños de las industrias base de tolerancia y el consenso para crear oportunidades para todos y, pragmáticamente, sacó a millones que sufrían de hambre, creó sistemas de educación para que los hijos de los pobres sean profesionales universitarios, incluyendo a extranjeros como algunos médicos ecuatorianos y conformó un sistema de salud universal y gratuito, todo dentro de una democracia política, franca y respetuosa a los derechos humanos.
Defendió la posición de su país como un interlocutor central y no periférico del mundo. Con la elevada categoría diplomática de sus funcionarios relevantes, supo conducir sus relaciones exteriores como la mayor democracia de América Latina, con una posición muy clara de país no alineado con las potencias que luchan por el poder mundial.
Ahora le toca gobernar para que los pobres de antaño sean los emprendedores modernos de la economía brasileña, porque cuenta con un capital humano formado sin brechas de desigualdad social y con recursos naturales ricos y variados en su extensión continental.
Los políticos ecuatorianos deben justipreciar las virtudes de un sindicalista pragmático, amigo de buscar siempre un término medio para decidir los temas básicos de la conducción de un país, grande o pequeño. Aprender de su franqueza y claridad, de su tendencia a decir la verdad sin filtros ni componendas, para lograr cambios en democracia con racionalidad y respeto a los pueblos que los eligieron.