Ineludible fusión ambiente y turismo

Cada dos años, la obligatoria renovación de conocimientos para los Guías Naturalistas era una auténtica fiesta de hermandad y compromiso. Significaba justificar cuatro días lejos de casa con carpa y mochila, rumbo a rincones remotos del país. Nos esperaba una responsabilidad mayúscula: ser la primera línea de defensa del patrimonio natural ecuatoriano.

En aquellos tiempos, los Guías Naturalistas éramos Guardaparques Honorarios. Teníamos la capacidad legal para intervenir ante la cacería furtiva, decomisar armamento y hacer respetar la ley en el terreno. Teníamos perfiles muy distintos: los guías de alta montaña, verdaderas máquinas de aclimatación capaces de devorar nieves perpetuas y superar los 6.000 metros con una sonrisa; y por el otro, quienes le entregamos la vida a la selva, expertos en el Parque Nacional Sangay, Patrimonio Natural de la Humanidad, hoy abandonado. Aprendimos interpretar la textura de la hoja del pumamaqui, la dureza del pujín, el canto del kinking, o identificar las serpientes. Caminar y sobrevivir, entendiendo que perderse en los páramos no exige la misma técnica que orientarse en la espesura de la selva.

Teníamos un fuerte respaldo institucional: nuestras credenciales portaban los emblemas del Ministerio del Ambiente y del Ministerio de Turismo, que marchaban al unísono. En un país megadiverso donde en cuestión de minutos se pasa del viento frío y seco con vegetación enana diseñada para retener el agua; a la calidez húmeda de la amazonia donde las hojas se agigantan para drenar el diluvio; quien guiaba dominaba la legislación turística tanto como la ambiental. Éramos enciclopedias andantes que unían la conservación con la experiencia del visitante.

El divorcio burocrático y el caos operativo

Con las sucesivas reformas, esa comunión la quebraron. Llegó el divorcio administrativo y con él, la pérdida de rigor en la formación y un cortocircuito operativo insostenible.

Las consecuencias de este despropósito: autorizaciones emitidas por Turismo para acceder a una reserva, que choca contra mantenimientos intempestivos dictados por Ambiente. La falta de comunicación interinstitucional convirtió el manejo de nuestras áreas naturales en un laberinto de descoordinaciones donde los perjudicados siempre son los mismos: el visitante, el operador y el ecosistema.

La última reestructuración del actual gobierno no corrigió esta fractura; la agravó de forma insólita. En lugar de unificar la geografía y el sentido común, el Ministerio de Turismo fue confinado como un viceministerio del súper Ministerio de la Producción, perdiéndose en un laberinto burocrático. Mientras tanto, el Ministerio del Ambiente quedó solo y desasistido, abandonado a su suerte con una carga titánica que sobrepasa sus capacidades.

La realidad de nuestras áreas desprotegidas

Ecuador cuenta con el Sistema Nacional de Áreas Protegidas (SNAP), una red de más de 70 reservas y parques nacionales de 26 millones de hectáreas terrestres y marinas; un 19% del territorio nacional, y de ese inmenso patrimonio natural, prácticamente un 70% está invadido por cazadores, taladores y narcos.

La conservación está en pleno retroceso, agravado por los ambientalistas de izquierda, que exigen que el Estado abandone las áreas naturales, para dejar esos territorios a merced de la minería ilegal. Sin embargo, el 30% de las áreas protegidas capta el 90% del turismo de naturaleza.

Fusión lógica y urgente

Resulta un absurdo conceptuar al turismo como un apéndice de las fábricas o de las aduanas. El turismo ecuatoriano no se vende en perchas ni compite con chimeneas; el turismo ecuatoriano es, en su médula, naturaleza pura.

La salida correcta y lógica es evidente. Extraer al Viceministerio de Turismo del Ministerio de la Producción, fusionarlo con el Ministerio del Ambiente y crear el Ministerio de Ambiente y Turismo. Esta integración fortalecería al debilitado frente ambiental dotándolo de recursos, sinergia técnica, capacidad operativa de campo y permitiría planificar el país con la visión de regular en conjunto, los aforos, senderos y reglamentos de visita a los parques nacionales. Coordinar la promoción vinculada a ciclos biológicos como la floración de los guayacanes o el avistamiento de ballenas. Retomar la formación rigurosa y conjunta de los Guías Naturalistas como verdaderos vigilantes y educadores ambientales.

Ecuador vive de su naturaleza y respira de su paisajismo. Separar la protección de la experiencia, fue un error y pretender que el turismo prospere encerrado en un cajón industrial ajeno al bosque y la montaña, es ceguera. Volvamos a caminar con pasos firmes, devolviéndole al Estado la coherencia de avanzar con sus dos piernas: conservación y turismo bajo una misma cabeza; maravillosa oportunidad que depende de un decreto presidencial.