Cartas a Quito / 25 de octubre de 2026

Cuando se mata sin saber por qué

Hay crímenes que estremecen no solo por la sangre derramada, sino por el vacío que los rodea. No por lo que ocurrió, sino por lo que faltó. Faltó pensamiento. Faltó lectura. Faltó humanidad En más de una sala judicial del mundo árabe, jueces han hecho preguntas simples a hombres acusados de asesinatos políticos e intelectuales. ¿Por qué lo hiciste? Las respuestas, lejos de revelar convicciones profundas, expusieron una realidad inquietante: se mató en nombre de ideas que no se comprendían. Se odió por palabras que jamás fueron leídas. Se obedeció sin entender.

Cuando un asesino no puede explicar el concepto que usa para justificar su crimen, el problema deja de ser individual. Se vuelve social. No estamos ante el exceso de ideología, sino ante su ausencia. No es fanatismo por saber demasiado, sino por no saber nada y aun así creerlo todo. La violencia que nace de la ignorancia es la más peligrosa, porque no se cuestiona a sí misma. No duda. No dialoga. Se siente justa sin comprender.

Allí donde no hay pensamiento crítico, cualquier consigna puede convertirse en mandato moral, y cualquier persona en enemigo. Educar no es solo transmitir información. Es enseñar a pensar, a leer, a dudar, a comprender al otro. Una sociedad que renuncia a esa tarea esencial no solo fracasa en formar ciudadanos: fabrica instrumentos. Personas dispuestas a obedecer órdenes sin preguntar, a repetir discursos ajenos, a matar sin razones propias.

El precio de esa renuncia no siempre se ve de inmediato. No aparece en los balances económicos ni en los discursos oficiales. Pero tarde o temprano emerge en forma de violencia irracional. Y casi siempre golpea a quienes no levantaron el arma, a quienes solo pensaron distinto o escribieron un libro. No se combate el extremismo solo con policías o cárceles. Se combate con libros, con escuelas, con pensamiento libre.

Porque donde hay lectura, hay pausa. Donde hay comprensión, hay límite. Y donde hay humanidad, la violencia pierde su justificación. Cada vez que una sociedad deja de educar, alguien muere sin saber por qué. Y alguien más muere sin haber hecho nada para merecerlo.

Elio Roberto Ortega Icaza