El 4 de octubre, el agua inundó el paso deprimido de El Labrador y entró a la estación del Metro de Quito. Ese día, la estación meteorológica El Bosque, en el norte, registró 63,9 milímetros de lluvia en 24 horas, según el Instituto Nacional de Meteorología e Hidrología (Inamhi). De ellos, 52,2 mm cayeron en una sola hora. Además, el granizo y las hojas formaron una masa de entre 60 y 80 centímetros que selló las rejillas. El agua no tuvo por dónde salir. Sin embargo, no fue una emergencia nueva. Ese mismo punto ya se inundó en 1998, 2002, 2008, 2011, 2012 y 2018, según la base de eventos de la USFQ.
Esa base, que la USFQ construyó con el proyecto ‘Tomorrow’s Cities‘, registra 631 inundaciones en Quito entre 1900 y 2020. En 16 hubo fallecidos: 29 personas afectadas en total. Son las inundaciones que llegaron a la prensa, no necesariamente todas las que ocurrieron. Aun así, el patrón es claro: varios puntos críticos se repiten durante décadas. La Y aparece en 1964, 2017, 2019 y 2020. Entre 1990 y 2020, Iñaquito, San Juan, Belisario Quevedo y Jipijapa sumaron más registros.
Ahí está el centro del problema. Quito tiene información sobre sus puntos críticos, pero todavía no la aprovecha lo suficiente para anticipar las inundaciones. Esa brecha entre lo que la ciudad sabe y lo que logra prevenir es la que aún el Municipio debe cerrar.
Para entender por qué el problema persiste, hay que mirar la geografía y lo que la ciudad construyó encima. Quito se asienta en una meseta. Según la docente Elisa Sevilla, de la USFQ, el agua que recogen las faldas del Pichincha y el Atacazo drena por pocos pasos.
Además, para crecer, la ciudad rellenó quebradas. Un estudio publicado en 2022 en la revista Natural Hazards and Earth System Sciences estimó que la mancha urbana pasó de unos 160 kilómetros cuadrados en 1986 a unos 352 en 2020. Es decir, se duplicó con creces en 34 años. Sevilla resume el efecto: “Ahora todo se escurre, todo corre por las pendientes porque no tiene espacio para ser absorbida”.
Por eso conviene no atribuirlo todo al clima. El Inamhi no tiene un estudio oficial para Quito sobre la intensidad, la duración o la frecuencia de las lluvias. Su técnica Cristina Valdivieso advierte que no se puede afirmar que en Quito llueva más, ni que las lluvias sean más intensas o frecuentes.
Los datos de la Red Metropolitana de Monitoreo Atmosférico (Remmaq), que EL COMERCIO analizó entre 2004 y 2025, muestran un cambio acotado. En cuatro de las seis estaciones con series largas, todas en el norte y en Tumbaco, aumentaron las horas con al menos 10 milímetros de lluvia. En Belisario, por ejemplo, pasaron de 11 a 18,9 horas al año. El sur, en cambio, no tiene una tendencia clara. Se trata de un indicador específico en zonas concretas, no de una conclusión sobre toda la lluvia de la ciudad.
Lo ocurrido el 4 de octubre muestra otra cara del riesgo. Según la Empresa Pública Metropolitana de Agua Potable y Saneamiento (Epmaps), no fue el día más lluvioso del año en la estación meteorológica de El Bosque: el 22 de enero cayeron 72,9 milímetros. La diferencia estuvo en la concentración. “Una lluvia muy intensa en pocos minutos puede superar la capacidad de evacuación del sistema de drenaje”, explicó Valdivieso. El mantenimiento, además, existe. La Epmaps limpió los sumideros de El Labrador el 21 de septiembre y, hasta el 3 de octubre, había limpiado 179 mil en la ciudad, por encima de su meta anual de 144 300. Ese esfuerzo importa, pero no alcanza cuando una hora de granizo sella las rejillas.
Por eso, anticipar exige medir mejor. El Municipio cuenta con 214 puntos de monitoreo hidrometeorológico, pero solo 39 tienen seguimiento en tiempo real. Tampoco existe un umbral oficial de lluvia extrema para Quito, y el Inamhi trabaja con umbrales referenciales por estación.
Otro dato ayuda a entender el problema. Al comparar las inundaciones registradas entre 2004 y 2020 con la lluvia que midió la Remmaq, en el 35% de los casos la estación más cercana al punto inundado registró menos de 5 milímetros ese día. Es decir, en más de un tercio de las inundaciones, el medidor más próximo casi no detectó lluvia. Eso no quiere decir que no haya llovido. Quiere decir que el aguacero que causó la inundación cayó en una zona sin medidor. La lluvia que inunda puede caer lejos del pluviómetro. Por eso, con pocos puntos en tiempo real y sin criterios públicos de alerta, la ciudad tiene menos capacidad para avisar a tiempo.
Los registros históricos, además, tienen vacíos. Entre 1990 y 2001, la base de la USFQ apenas tiene nueve eventos, porque el inventario del geógrafo Pierre Peltre termina en 1988 y las fuentes que lo continúan arrancan después. Desde 2020, solo tres informes públicos de la Secretaría Nacional de Gestión de Riesgos desagregan las inundaciones de Quito, con cortes en fechas distintas. La USFQ trabaja para actualizar su base con datos del ECU 911. Sin embargo, mantener esa memoria al día debería ser una tarea pública, no solo académica.
A esa brecha se suma la de las competencias. Según la Epmaps, la Ordenanza Metropolitana 048 asigna el drenaje pluvial de las vías a la Empresa Pública Metropolitana de Movilidad y Obras Públicas, mientras la Epmaps colabora con la limpieza de los sumideros. Nada indica que esa división haya causado lo ocurrido en El Labrador. Aun así, el Municipio debe explicar a la ciudadanía cómo se coordinan ambas empresas, quién evalúa el funcionamiento integral del drenaje y qué medidas tomará en los puntos que se inundan una y otra vez.
La urgencia es concreta. El plan municipal ante El Niño, presentado el 12 de octubre, identifica 321 barrios con exposición alta o muy alta a inundaciones y movimientos en masa. Además, Quito ya cuenta con la Ordenanza Verde Azul, N.° 060-2023. Según Sevilla, la norma apunta a soluciones para absorber el agua lluvia, como más espacios verdes, corredores verdes y quebradas sin cubrir. Por eso, el Municipio debería informar a tiempo cómo aplica esa ordenanza en permisos de construcción y en proteger quebradas.
Quito no puede tratar cada inundación como una emergencia inesperada. Los quiteños deben saber que varios puntos críticos se repiten desde hace décadas y que la lluvia más peligrosa es la que se concentra en poco tiempo. También deben conocer si su barrio está entre los 321 con exposición alta o muy alta, y qué empresa responde por el drenaje de su calle. “Uno tiene que saber dónde vive y saber dónde ya ha habido inundaciones en el pasado”, recomienda Sevilla. Ese conocimiento permite exigir respuestas y tomar decisiones simples, como esperar, en medio de un aguacero, antes de entrar al Metro o cruzar un paso deprimido. La información existe. Lo que falta es trabajarla para que la próxima lluvia intensa encuentre a la ciudad preparada.
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