“Yo quisiera que mi mamá me rete”
Soy divorciado como muchos hoy en día, y mi último hijo varón vive con su mamá, abuela y tía; que gracias Dios lo adoran y hasta se despezuñan por él.
Por motivos de esos aparentemente ‘inmensos e irresistibles a los 14 o 15 años de edad’, mi Cesitar Emilio tuvo una discusión muy fuerte, iracunda y acalorada con todas ellas. Cosas de adolescentes, pero que para él fueron como que el mundo entero se le venía encima.
Por la supuesta gravedad y porque vivimos lejos, me llamaban desesperadas llorando todas ellas para que hable con él, porque la situación era ‘más que crítica e iba a estallar el planeta’.
Efectivamente lo timbré al instante, y se me quejó amarga y profundamente por un buen rato, de lo incomprendido que era y lo sufrida que es su vida, comparada con la hermosa y perfecta de la de sus amiguitos, porque extrañamente siempre ‘el pasto del vecino es más verde’.
Lo escuché con total paciencia y dejé que se desahogara completamente. Todo había sido porque su mamá, abuela y tía lo habían retado de forma muy enérgica y casi castigado hasta físicamente, por las cosas malas que hace y por las buenas que omite. Las típicas cotidianas.
Pero seguía llorando y quejándose amargamente, buscando en mí mediante la manipulación clásica de su edad, la escucha y protección de esas mujeres supuestamente ‘perversas y despiadadas’ que lo hacen sufrir, sin tener ninguna culpa el pobre angelito adolescente.
Le dije algunas cosas e intercambiamos muchas preguntas y respuestas, pero entre otras recordé que mi señora madre -Doña Laurita-, justo había fallecido poquísimos días antes, por lo que se me escapó decirle: Mijo querido, en cambio “yo quisiera que mi mamá me rete”.
Que volviera aquí aunque sea unos brevísimos segundos y sólo me regañe, para oír su voz por última vez y también poder pedirle perdón por todo lo que hice, no fui y dejé de hacer por ella; y para finalmente poder confesarle al oído el inconmensurable amor, admiración, respeto y valoración que le tengo, ya que no sólo era mi Mami, sino también mi ‘Mejor Amiga’.
Sin querer, esas frases que ahondan y agrandan el hueco que llevo en el pecho por el peso de su ausencia, calaron ágil y profundamente en él, porque la quería y había estado presente en su último adiós físico y espiritual. E inmediatamente dejó de llorar para pasar a preguntarme cómo me sentía yo, y cómo el abuelo, después de pasar casi de 70 años de vida juntos.
Finalmente mi Cesitar Emilio se dio cuenta que su dolor y su problema, no eran tan grandes ni graves como él los había visto y sentido.
Y usted amable lector, ¿aún cuenta con el inmenso privilegio que su mamá lo rete?
César Eduardo Benítez Jiménez