
Sentarme frente a una pantalla con Miguel, mi hijo de casi cuatro años, para ver un poco de televisión, si todavía podemos llamarla así, se ha convertido, sin buscarlo, en un ejercicio de paciencia. Entre YouTube, plataformas de streaming, recomendaciones automáticas y videos que aparecen uno detrás de otro, encontrar algo y quedarse allí parece casi un acto de disciplina.
Yo crecí con otra lógica. Había que esperar. Esperar que terminara el noticiero para ver Supercampeones. Levantarse temprano los sábados para alcanzar una maratón de dibujos animados. Si uno se perdía el capítulo, simplemente se lo había perdido. No existía un botón para regresar ni un algoritmo dispuesto a ofrecernos inmediatamente veinte cosas parecidas.
El otro día, mientras buscaba dibujos para Miguel, apareció algo conocido: ThunderCats.
Antes esperábamos que empezara nuestro programa favorito. Hoy el algoritmo procura que nunca tengamos que esperar nada.
Por un momento regresé a aquellas figuras de acción, las espadas, los personajes musculosos, los fondos dramáticos y esa estética épica con la que muchos crecimos. Pero bastaron unos segundos para descubrir que aquello era otra cosa. Los personajes de ThunderCats Roar tenían formas simplificadas, movimientos frenéticos y un humor absurdo, mucho más cercano a ciertas caricaturas contemporáneas que al universo que yo recordaba.
Mi primera reacción fue probablemente la más predecible: ¿estoy en otra dimensión? ¿Qué hicieron con mis ThunderCats?
Cuando la nostalgia se encuentra con el algoritmo
Después pensé que quizá el problema no estaba en los dibujos, sino en mí. Cada generación adapta sus historias al lenguaje que entiende y seguramente nuestros padres miraron muchas de nuestras caricaturas con la misma extrañeza con la que ahora yo observo algunas de las que ve Miguel.
Pero algo sí cambió: la velocidad. Una caricatura ya no espera su horario del sábado; compite con cientos de videos, juegos, anuncios y contenidos que desaparecen con un movimiento del dedo. Todo intenta convencernos, en pocos segundos, de que vale la pena quedarse un poco más.
No quiero convertir a los ThunderCats de mi infancia en una obra maestra ni afirmar que antes todo era mejor. También crecimos rodeados de publicidad, juguetes y series creadas dentro de una industria. La diferencia es que hoy casi todo parece diseñado para entenderse rápido, consumirse rápido y reemplazarse todavía más rápido.
La vida en baja resolución
A veces pienso que vivimos una especie de vida en baja resolución. No porque las pantallas tengan menos calidad, nunca tuvieron tanta, , sino porque cada vez tenemos menos tiempo para mirar algo con calma.
Una noticia cabe en un titular. Una canción tiene pocos segundos para atraparnos. Una conversación compite con las notificaciones. Incluso una película puede terminar convertida en ruido de fondo mientras revisamos el teléfono.
El problema no es lo simple ni lo breve. Hay cosas pequeñas y minimalistas que pueden ser maravillosas. El problema aparece cuando empezamos a exigirle esa misma velocidad a todo: a las historias, al arte, a las relaciones y hasta a nosotros mismos.
Apago la televisión y miro alrededor. Tengo discos de vinilo, casetes, juguetes y algunas figuras que he ido guardando con los años. No porque crea que el pasado fue mejor, sino porque me recuerdan otra manera de relacionarme con las cosas.
Un disco obliga a escuchar un poco más. Un casete tiene su propio ritmo. Una figura no hace nada hasta que alguien decide inventarle una historia.
Quizá por eso me gusta que Miguel también tenga cerca esos objetos. No para enseñarle a vivir como vivíamos nosotros ni para convencerlo de que nuestra infancia fue mejor, sino para que entre tantas cosas diseñadas para pasar rápidamente frente a sus ojos descubra también el placer de quedarse un momento.
Tal vez esa sea una pequeña rebeldía de nuestro tiempo: aprender, de vez en cuando, a quedarse mirando.
