El siniestro de una avioneta ocurrido el 8 de octubre pone sobre la mesa una discusión que Cuenca conoce desde hace décadas: las limitaciones del aeropuerto Mariscal La Mar. La aeronave, que transportaba valores desde Guayaquil, terminó fuera del perímetro aeroportuario, en la avenida Hurtado de Mendoza. Sus dos ocupantes sobrevivieron.
Sería equivocado atribuir un siniestro a la longitud o ubicación de la pista sin que exista una investigación técnica que determine sus causas. Pero también sería un error no debatir sobre las condiciones estructurales de una terminal que quedó encerrada por el crecimiento urbano.
La pista del Mariscal La Mar tiene apenas 1 900 metros de longitud y 36 metros de ancho. Además, el aeropuerto opera a 2 532 metros sobre el nivel del mar y se encuentra dentro del perímetro urbano. La propia planificación aeroportuaria ha reconocido las dificultades que genera estar rodeado de edificaciones y las limitaciones para cumplir determinadas condiciones de seguridad en los extremos de la pista.
El problema tampoco es nuevo. En abril de 2016, un avión de Tame procedente de Quito, con más de 50 pasajeros, perdió pista durante el aterrizaje. La aeronave terminó en la cabecera sur y las operaciones aéreas tuvieron que suspenderse. Una década después, otra aeronave volvió a salir del área aeroportuaria.
Cuenca tiene ahora dos caminos que no necesariamente son excluyentes. El primero es mejorar la infraestructura actual. La Corporación Aeroportuaria de Cuenca ha planteado extender la pista hasta 300 metros, una intervención cuyo estudio requeriría entre un millón y 1,5 millones de dólares. Pero las propias autoridades reconocen que no puede ampliarse más debido a los límites físicos impuestos por la ciudad.
El segundo camino mira varias décadas hacia adelante: construir un nuevo aeropuerto fuera del casco urbano. Se han recopilado datos meteorológicos y se desarrollan análisis para determinar la viabilidad de una futura terminal internacional. Sin embargo, todavía faltarían estudios de aeronavegabilidad, factibilidad, diseño, accesos y, sobre todo, definir cómo financiar una inversión de semejante magnitud.
El aeropuerto actual ofrece una ventaja difícil de igualar, que es su cercanía con la ciudad. Pero aquello que durante décadas fue una fortaleza se ha convertido también en su principal restricción para crecer.
La discusión, por tanto, no debe reducirse a cerrar o mantener el Mariscal La Mar. Cuenca necesita una hoja de ruta aeroportuaria de largo plazo. Ampliar 300 metros puede ser una solución para mejorar las condiciones actuales, pero no sustituye la decisión de fondo.
Una ciudad que aspira a fortalecer su turismo, atraer inversiones, desarrollar exportaciones y ampliar su conectividad internacional no puede planificar su aeropuerto únicamente para resolver las necesidades de hoy.
El siguiente aeropuerto de Cuenca tardará años en estudiarse, financiarse y construirse. Precisamente por eso, la decisión debe comenzar ahora.
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