Aleteia es lo no olvidado, lo no perdido, lo no oculto, por eso es verdadero aquello que se presenta ante nuestros ojos con la luminosidad de la evidencia. La poesía de Fabián Guerrero Obando (Quito, 1959), honda y conmocionante, casi siempre doliente, se estructura con versos cortos, nimias y vasta huellas de los intersticios de su ser.
Escribe todos los días: oficio de vivir, oficio de poeta. Y lo hace en libretas diminutas y a lápiz. Ritual propio de un poeta extraño. Vida y poesía de Guerrero Obando se congregan en un sola criatura borrascosa y atormentada, pero concebida en la sustancia de la que somos hechos: sangre y memoria.
“un alcatraz atlántico”
“Crac/ En la oscuridad del pecho./ Crac/ Crac/ La carne sola/ En la solitaria fosa./ Tocando fondo”.
Finalizaban los 70 del siglo XX cuando conocí al poeta. Tímido y nervioso. Su timidez era el pudor de quien se sabía habitado por una pena antigua, y su nerviosismo, una sensible y lúcida vigilia ante la radiante y efímera belleza de la vida y del mundo.
“De carne somos,/ De carne triste en estado puro,/ En el vaho de la almendra/ Que se amarga ahora mismo”.
Medio siglo ha pasado desde nuestro primer encuentro, raíz de nuestra amistad. Rilke afirma en su libro Cartas a un joven poeta que “Los versos no son sentimientos, sino experiencias… Para escribir un solo verso hay que haber visto muchos mundos, hombres, cosas”… Se refiere a lo que llamo vida vivida, imágenes intensas de un acervo existencial acumulado.
Alguna vez dije que los recuerdos son almas en pena. Vivencias que merodean en torno de nuestro ser –extravíos, aflicciones, regocijos–… Los recuerdos son necesarios para ser olvidados, para que en ese olvido, en el sigilo de una consumada metamorfosis, nazca una palabra, la primera de una creación escrita, pintada, escuchada…
“Noche mía, niña muerta mía,/ Ambas errantes/ Incontrolables las dos,/ ¿Dónde tanto adiós?”
La obra poética de Guerrero Obando es una intensa historia personal; bitácora de un peregrino en busca vertiginosa del corazón humano. Implosión y desgarro hasta llegar a los confines de su ser, a los cuales no alcanzan sus manos.
“Anochece/ Y ha llegado solo./ Y como un alcatraz atlántico,/ Escruta el cielo/ A la espera que ella vuelva,/ Pero la noche va todavía más allá”.
“La noche está avanzada,/ Pero no lo suficiente para ser vencida;/ Apenas la lluvia,/ Que sabe a mojada ancianidad y quiere evadirse,/ Pero no tiene adónde ir”.
El poeta ha vivido en el arco de una herida. Nunca ha omitido su origen. Su madre vendía confites en los cines y era empleada de familias pudientes, su padre sombrerero. No obstante, Guerrero Obando obtuvo títulos y consagraciones, pero lo suyo es la poesía. La vida para él un acto de fagocitación para su escritura poética. Lo demás, estorbo. Es poeta y le basta, aunque en sus umbrales persista el duelo de la palabra aún no encontrada.
“El resplandor del relámpago/ Acaso menos/ Ha sido la vida”.
Más de una veintena de libros publicados. Horizonte de unción por la palabra poesía que se impuso hace tiempo. Sacar a la luz cada año un texto cuidado –con obsesión y fruición– por él mismo. No es angustia por ser “el único” o “el esperado”, es lance sordo con el tiempo.
Cuando me cuenta que está por aparecer un libro suyo es, quizás, la única vez que lo veo sonreír abiertamente. La propia carne del poeta ha terminado por esculpir la arquitectura de su desvelo; no hace falta que hable para saber que el tiempo le pesa.
“El consuelo de la palabra tiempo./ Ni encono/ Ni infortunio/ Tampoco nostalgia/ O remoloneo./ Consuelo./ Como si al fin/ Me hubiese extinguido/ Con tu mano/ Oculta/ En mi corazón”.
Hermetismo y silencio, el doble hilo conductor de su poesía. Las cuestiones que traman: soledades, desazones, hastíos, agobios, amores, muertes…
Quien se consagra a la obra es atraído hacia el punto en el que esta se somete a la prueba de la imposibilidad, dice Maurice Blanchot. Amar no es poseer ni fundirse con el “otro”, es acatar la distancia insalvable que nos aleja del ser amado.
“Como si el amor existiese/ O como si el poema fuera capaz de inventarlo”.
“Una música que agrieta/ Los más remotos huesecillos del amor,/… El amor pues./ El diario y solo acabamiento del amor”.
Origen y sustancia del arte es la verdad (Heidegger). La raíz de la poética de Guerrero Obando muestra su verdad. Por eso su poética subvierte y desconcierta; llega y retorna, dentro y fuera de ella.
Y como todo ser humano Guerrero Obando tiene caídas y vuelos… En los avatares del medio siglo que nos vincula, confieso que su poesía sigue estremeciéndome. “No es casa –nos dice del sitio donde vivimos–/ Fosa es la palabra”. Como para recordarnos que somos simples destellos cobrando conciencia de nuestro propio fuego. Invisibles tejedores de un cortinaje que no terminamos de ver y descorrer.