Un centímetro de suelo puede tardar entre 500 y 1 000 años en formarse. En una ladera de los Andes ecuatorianos, la lluvia puede llevárselo en pocos años. Esa aritmética desigual es la que persigue Paul Andrés Jiménez, ingeniero geólogo de 33 años nacido en la parroquia Mulliquindil Santa Ana, en Salcedo – Cotopaxi.
Jiménez es candidato a doctor en ciencia del suelo en la Universidad Federal de Lavras, en Brasil. Trabaja en parcelas de Cotopaxi y Tungurahua junto a las familias que las cultivan, para probar qué prácticas devuelven la vida a una tierra agotada. Sus primeros resultados muestran mejoras de hasta 150% en indicadores como la infiltración de agua y la materia orgánica, frente a parcelas degradadas de comparación.
El 16 de octubre de 2026 recibió en Mónaco el IPCC Scholarship Programme Award, la beca del panel climático de las Naciones Unidas. Es el primer ecuatoriano que la obtiene. EL COMERCIO revisó las listas de ganadores de las ocho convocatorias del programa, publicadas en su sitio oficial, y en las siete anteriores no figura ningún investigador del país.
📉 ¿Cuánto suelo ha perdido la Sierra ecuatoriana?
La erosión avanzó sobre la Sierra Norte en tres décadas. Un estudio de Renato Haro, recogido en el libro Suelos del Ecuador del Instituto Geográfico Militar, comparó el mapa nacional de erosión de 1986 con imágenes satelitales de 2017 en una franja de 1 557 587 hectáreas que va desde la frontera con Colombia hasta la salida del valle de Alausí-Chunchi.
En 1986, 473 503 hectáreas de esa franja estaban erosionadas: el 30,4%. En 2017 eran 724 476: el 46,5%. Casi la mitad del territorio evaluado.
El salto más fuerte está en el grado más grave. La erosión severa pasó de 4 760 a 142 541 hectáreas, treinta veces más. En Cotopaxi subió de 1 227 a 40 197 hectáreas y en Tungurahua, de 235 a 9 065. Son las dos provincias donde Jiménez trabaja hoy.
Debajo de buena parte de ese territorio está la cangahua. El país tiene 181 487 hectáreas con esa capa endurecida a menos de 60 centímetros de profundidad, y 13 162 donde ya aflora en la superficie, según el mapa nacional de cangahuas levantado en 2018 y publicado en el mismo libro.
Lo que esa pérdida del suelo andino le cuesta al agricultor
Cuando un suelo se erosiona se va primero la capa fértil: la que guarda los nutrientes, la materia orgánica y vida microscópica. La parcela produce menos y exige más insumos para sostener la misma cosecha.
Jiménez lo cuantifica con una referencia de campo. Pérdidas de entre 30 y 90 toneladas de suelo por hectárea al año significan perder capa fértil, nutrientes, materia orgánica y biodiversidad. Y eso, dice, es un perjuicio económico directo: baja la productividad y sube la inversión necesaria para recuperar la tierra.
El agua se va con el suelo. Al perderse la capa superficial, disminuye la materia orgánica y se deteriora la estructura que permite que la lluvia se infiltre. Como referencia orientativa, el investigador calcula que el agua disponible para las plantas puede caer alrededor de 30%, según el tipo de suelo y su grado de degradación. El resto escurre ladera abajo.
El problema no es solo ecuatoriano. Una evaluación de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) de 2015 estimó que el 33% de los suelos del planeta presentaba degradación moderada o alta.
🏔️ Del Salcedo de su infancia a un laboratorio en Brasil

Jiménez creció viendo el problema antes de poder nombrarlo. En las tierras agrícolas de su parroquia observó la degradación y escuchó a los productores contar que sus parcelas rendían menos y necesitaban cada vez más insumos.
Con el tiempo entendió que algunas prácticas de la agricultura convencional estaban contribuyendo a esa erosión y a la pérdida de fertilidad. Los más afectados, dice, son los agricultores familiares campesinos, cuyo sustento y alimentación dependen directamente de la tierra. “Esa cercanía con mi territorio me motivó a investigar cómo recuperar los suelos”.
El camino, sin embargo, empezó por las rocas. Estudió Ingeniería Geológica en la Escuela Politécnica Nacional (EPN), en Quito, y se tituló en 2018. Su tesis abordó problemas de contaminación de suelo y agua en Papallacta, y parte de esa investigación la desarrolló en una pasantía en el laboratorio de suelos del Instituto Gwangju de Ciencia y Tecnología (GIST), en Corea del Sur.
Ahí vio el potencial de la ciencia del suelo para responder a problemas ambientales y agrícolas. Ingresó a la Universidad Federal de Lavras por convocatoria pública y concurso para estudiantes internacionales. Terminó la maestría en 2024 y ese mismo año empezó el doctorado, bajo la dirección del profesor Marx Leandro Naves Silva, en el área de conservación y manejo de suelo y agua.
Hoy también es investigador externo de la Universidad Técnica de Cotopaxi, en Latacunga. Antes trabajó en conservación de suelos y agricultura sostenible en Mali y Costa de Marfil, en África occidental, y en zonas tropicales de Brasil y Perú.
🏅 ¿Qué es el premio del IPCC que recibió en Mónaco?

Es la beca del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), el panel científico de las Naciones Unidas. El programa se creó con los recursos del Premio Nobel de la Paz que el organismo compartió con Al Gore en 2007, y apoya a jóvenes investigadores de países en desarrollo.
Jiménez fue seleccionado en la octava convocatoria, 2025-2027, entre más de 500 postulaciones de todo el mundo. Se enteró a finales de 2025, mientras estaba en el laboratorio de conservación de suelos en Brasil, preparando un resumen para un congreso.
Su beca está financiada por la Fundación Cuomo, una de las dos vías del programa. Son 30 000 euros en total, repartidos en dos años (unos 33 600 dólares al tipo de cambio del Banco Central Europeo del 9 de octubre de 2026). El dinero se destina a investigación, análisis, trabajo de campo, manutención, desplazamientos y actividades académicas.
Esta ronda premió a 18 doctorandos de países en desarrollo. Diez reciben el financiamiento de la Fundación Príncipe Alberto II de Mónaco, cuatro del propio IPCC y cuatro de la Fundación Cuomo, el grupo en el que está Jiménez junto a una investigadora de Irán y dos de Nepal. Son cinco los latinoamericanos de la lista: uno de Perú, dos de Brasil, uno de México y él. El resto viene de África y Asia.
El 16 de octubre, en el Yacht Club de Mónaco, recibió el certificado de manos del príncipe Alberto II de Mónaco, acompañado por Elena Cuomo, presidenta de la fundación. “El príncipe me preguntó de qué país venía y mostró interés al saber que era ecuatoriano”, recuerda. “Pensé en mi familia, mi comunidad y el esfuerzo que me permitió llegar hasta allí”. Esa noche asistió a la 19.ª Ceremonia de los Premios de Salud Planetaria.
🧑🌾 ¿Dónde investiga y por qué trabaja dentro de las parcelas?
Jiménez trabaja principalmente en Cotopaxi y Tungurahua, en zonas agrícolas afectadas por erosión, pérdida de fertilidad y exposición de cangahua. Son territorios donde la degradación dificulta el aprovechamiento del agua y el desarrollo de los cultivos.
Eligió esas zonas por dos razones. Una, la necesidad de evaluar estrategias de recuperación adaptadas a esas condiciones. Otra, la posibilidad de trabajar junto a agricultores e instituciones locales, lo que permite que la investigación responda a problemas concretos del territorio.
Su propuesta se apoya en laboratorios vivos, o ‘living labs‘, en comunidades de Cotopaxi. Allí las familias agricultoras participan en el diagnóstico del suelo y en la construcción y evaluación de las soluciones.

“Reconocemos que todas las personas poseen conocimientos valiosos y que quienes cultivan la tierra conocen su historia, sus cambios y sus dificultades”.
La investigación también incorpora sensores proximales y modelos de aprendizaje automático (machine learning) para predecir atributos del suelo y acelerar su diagnóstico. Y evalúa el biocarbón, o biochar, para mejorar las propiedades del suelo y almacenar carbono.
A eso suma la recuperación de prácticas ancestrales. Las terrazas andinas, bien diseñadas, reducen la erosión y permiten aprovechar mejor el agua.
🔍 ¿Cómo se reconoce un suelo enfermo?
La primera herramienta no es un instrumento. Antes de examinar el terreno, Jiménez conversa con la persona que trabaja la parcela. “Los agricultores conocen su historia: cuánto producía, cómo responde a la lluvia y qué cambios han observado”, dice. Y subraya un detalle: en muchas comunidades, las mujeres campesinas tienen un papel fundamental en ese conocimiento.
Después vienen las señales visibles. Pérdida de la capa fértil. Suelo descubierto. Erosión. Compactación. Raíces poco desarrolladas. Menor presencia de organismos.
Esas observaciones se complementan con indicadores físicos, químicos y biológicos. El objetivo es comprender el problema completo y orientar el manejo, no quedarse en una sola medición.
Ahí aparece una brecha que el propio investigador identificó. En Ecuador hay poca información y limitaciones para evaluar de forma integral las condiciones físicas, químicas y biológicas del suelo. Los análisis suelen concentrarse en pocos indicadores que, por sí solos, no permiten comprender su salud ni su respuesta a las prácticas de conservación. Además, los costos y los tiempos de los análisis dificultan el acceso de las familias agricultoras.
Por eso su propuesta busca métodos más rápidos y accesibles, con indicadores cualitativos que los propios agricultores puedan reconocer y seguir en sus parcelas.
📈 El hallazgo: parcelas que se recuperan en poco tiempo
Lo que más sorprendió a Jiménez fue la magnitud de la diferencia. Al comparar parcelas con prácticas de conservación frente a áreas degradadas, los resultados preliminares muestran respuestas favorables en los indicadores evaluados, incluida la productividad.
En algunos de ellos, como la infiltración de agua y el contenido de materia orgánica, los incrementos llegan hasta 150%. Lo alentador, dice, es que esas señales de recuperación aparecen en periodos relativamente cortos. Un suelo que tardó siglos en formarse no se repone en una temporada, pero sí empieza a comportarse mejor: absorbe más agua, retiene más materia orgánica, sostiene más vida.
El propio investigador pone el freno de mano. Los datos todavía se están analizando. Falta precisar la magnitud de cada mejora y determinar qué combinación de prácticas de conservación y agricultura sostenible ofrece los mejores resultados.
🚜 ¿Qué destruye el suelo y qué puede hacer un agricultor?
La práctica más perjudicial, según Jiménez, es mantener el suelo descubierto y hacer labranza intensa en pendientes. Así la lluvia desprende y arrastra la capa fértil sin encontrar resistencia.
También pesan el monocultivo continuo, el tránsito inadecuado de maquinaria y el manejo de insumos sin diagnóstico previo. Rara vez hay un solo culpable: la degradación suele responder a la combinación de varias prácticas, por lo que el manejo debe corregirse en el conjunto de la parcela.
Las medidas que un agricultor puede aplicar de inmediato no requieren inversión mayor:
- Mantener cobertura vegetal o residuos de cosecha sobre el suelo.
- Diversificar los cultivos.
- Aportar materia orgánica de calidad, según lo que necesite cada parcela.
- En terrenos inclinados, sembrar barreras vegetales y diseñar bien las terrazas.
El equipo también valora prácticas ancestrales, como el manejo de terrazas y el uso de animales de tiro en labores adecuadas para el terreno.
Y propone una forma sencilla de medir el avance, sin laboratorio. Observar juntos si el agua infiltra mejor, si disminuye el arrastre de tierra, si aparecen más raíces y más organismos. Son señales que el agricultor puede leer en su propio terreno, con acompañamiento técnico cuando haga falta.
🌦️ ¿Por qué un suelo sano aguanta mejor una sequía?
En condiciones comparables, un suelo conservado infiltra y almacena mejor el agua. Su estructura facilita que las raíces se desarrollen y la cobertura reduce la evaporación. El resultado es una cosecha que resiste más durante los periodos secos y se recupera mejor después.
En un suelo degradado ocurre lo contrario. Parte de la lluvia escurre sin infiltrarse y las raíces encuentran mayores limitaciones para crecer. Eso reduce la productividad, aumenta el riesgo de perder la cosecha y disminuye los ingresos de las familias.
Por eso Jiménez plantea la conservación del suelo como una estrategia de adaptación al cambio climático y de protección de la agricultura familiar campesina. Aunque aclara que el beneficio también depende del cultivo y de la intensidad y duración de la sequía.
Hay un segundo efecto, esta vez sobre la atmósfera. El suelo almacena carbono, y conservar la cobertura, aportar biomasa y aplicar biocarbón pueden aumentar ese almacenamiento.
Como ejemplo, el investigador calcula que subir el carbono orgánico total del 1% al 3% en los primeros 30 centímetros, con una densidad aparente de una tonelada por metro cúbico, equivaldría a 60 toneladas adicionales de carbono por hectárea.
Ese incremento, advierte, debe comprobarse con mediciones. Para valorar su contribución climática hay que demostrar cuánto carbono se incorpora y cuánto tiempo permanece almacenado.
🗓️ Lo que viene: una guía para las parcelas ecuatorianas
El principal producto de la investigación será una guía técnica de manejo y conservación de suelos, con recomendaciones adaptadas a las condiciones de cada parcela: cobertura vegetal, rotación de cultivos, aportes de materia orgánica y manejo de terrazas. Incluirá orientaciones para elegir las prácticas según la pendiente, el grado de degradación y los recursos disponibles.
La guía vendrá acompañada de un protocolo participativo de diagnóstico y seguimiento, con indicadores accesibles: infiltración de agua, cobertura, estructura, compactación y presencia de organismos. La idea es que las familias puedan evaluar los cambios en su terreno y ajustar el manejo.
La tesis está prevista para finales de 2027. Entre los compromisos que asumió con el IPCC está presentar los informes de avance y el informe final, comunicar los resultados y regresar a Ecuador.
Tiene previsto volver a comienzos de 2028. Aspira a continuar como investigador en una institución ecuatoriana y mantener el trabajo con las comunidades. “Mi compromiso personal es que ese conocimiento llegue a las familias agricultoras”.
- Más información sobre cambio climático y agricultura
Preguntas frecuentes sobre recuperación de suelos de Los Andes
Es la beca del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático para jóvenes investigadores de países en desarrollo. El programa se creó con los recursos del Premio Nobel de la Paz que el IPCC compartió con Al Gore en 2007. Paul Andrés Jiménez fue seleccionado en la octava convocatoria, 2025-2027, con financiamiento de la Fundación Cuomo.
Puede tardar cientos de años y, en determinadas condiciones, entre 500 y 1 000 años. El proceso depende del clima, el material de origen, el relieve y la actividad de los organismos. La erosión, en cambio, puede eliminar en pocos años lo que la naturaleza tardó siglos en construir.
Es una capa endurecida de origen volcánico presente bajo muchos suelos andinos. Cuando la erosión se lleva la capa fértil y deja la cangahua expuesta, recuperar la capacidad productiva del terreno resulta mucho más difícil. Es una de las condiciones que Jiménez estudia en Cotopaxi y Tungurahua.
Mantener cobertura vegetal o residuos de cosecha sobre el suelo, diversificar los cultivos y aportar materia orgánica de calidad. En terrenos inclinados ayudan las barreras vegetales y las terrazas bien diseñadas. Lo más dañino es dejar el suelo descubierto y hacer labranza intensa en pendientes.
Un suelo conservado infiltra y almacena mejor el agua, y su estructura permite que las raíces se desarrollen. Eso sostiene la cosecha en periodos secos. En un suelo degradado, parte de la lluvia escurre sin infiltrarse, lo que reduce la productividad y aumenta el riesgo de perder la producción.
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