Diez filtros de aceite automotriz usados, recogidos en un taller mecánico de Santa Cruz, se convirtieron en una hornilla experimental que hirvió 650 mililitros de agua en 11 minutos. La armaron Emilia Brito, Sebastián Villavicencio y Robert Cruz, estudiantes de bachillerato de la Unidad Educativa Tomás de Berlanga, en Galápagos. Con ese prototipo obtuvieron el tercer lugar de la categoría internacional de la VIII FeNaDANTE, la feria de ciencia y tecnología del Colegio Dante Alighieri, en São Paulo, Brasil. Construirlo les costó unos 60 dólares. Y llevarlo a competir 3 500 dólares por persona.

♻️ ¿Por qué los estudiantes de Galápagos partieron de un residuo de taller mecánico?
La idea no salió de un libro. Salió de mirar la basura. Los tres veían cómo los filtros de aceite automotriz se acumulaban en Santa Cruz, en cantidades cada vez más grandes, y cómo esos desechos terminaban contaminando las islas. Así que se preguntaron qué más se podía hacer con ellos. La respuesta fue una hornilla: diez filtros usados convertidos en la estructura y la cámara de combustión del prototipo.
Esa decisión no fue solo ambiental. También respondió a la falta de insumos. El colegio trabaja desde hace más de seis años con lo que llama investigación contextualizada: los estudiantes buscan problemas de su entorno y arman soluciones con lo que tienen a mano. “En lugar de depender exclusivamente de equipos sofisticados, buscamos alternativas técnicamente viables”, explicó Javier Zöller, docente de matemáticas y física del plantel y asesor científico del proyecto.
El resultado llegó hasta São Paulo. En la categoría internacional de FeNaDANTE 2026 compitieron 20 proyectos de seis países, dentro de una feria que reunió 140 trabajos de investigación, según Zöller.
🔧 Dos años de pruebas en el patio de una casa de Santa Cruz
Las primeras pruebas del prototipo arrancaron en febrero de este año. Contando desde la primera idea hasta São Paulo, su tutor calcula dos años de trabajo, con seis a siete horas semanales. Emilia Brito y Sebastián Villavicencio tienen 16 años y cursan segundo de bachillerato; Robert tiene 15 y está en primero. No trabajaron en un laboratorio escolar, sino en la casa de Robert.
“Todo este proceso fue un trabajo en equipo, sin embargo sí había veces en las que nos teníamos que dividir las tareas”, cuenta Emilia. Ella conseguía los materiales de cada prueba: el termómetro, el alcohol industrial, los guantes. Después quedó a cargo de la bitácora. Robert se quedó con la parte mecánica, porque los experimentos se hacían en su casa y ahí tenía las herramientas de su papá. Sebastián se encargó del sistema eléctrico y consiguió el power bank.
El armado contó con la supervisión de Pablo Celi, exintegrante del proyecto, y de varios mecánicos de la isla. También hubo que improvisar. Mientras esperaban el ventilador centrífugo, usaron una secadora parrillera para empujar aire hacia la llama y no detener las pruebas.
Los filtros salieron de un taller mecánico local. De ahí también vino buena parte del conocimiento práctico: cómo cortar, cómo ensamblar y cómo sostener la estructura.
🔥 ¿Cómo funciona la hornilla hecha con filtros de aceite usados?

La hornilla usa los filtros automotrices como cámara de combustión y los combina con tres elementos: ventilación forzada, un panel solar y un power bank. El ventilador empuja aire hacia la llama para que la combustión sea más eficiente. El panel solar y la batería portátil no cocinan nada: alimentan ese ventilador, de modo que el sistema funciona sin conexión eléctrica.
El combustible también sale del desecho. En su mejor prueba, los estudiantes quemaron 300 mililitros de aceite usado, ya filtrado, y 100 mililitros de alcohol industrial. Con eso llevaron 650 mililitros de agua de 29 a 98 grados centígrados en 11 minutos.
El costo total fue de unos 60 dólares, porque reutilizaron casi todo. Lo que tuvieron que comprar fue puntual: una llave pequeña para que el combustible baje por el ducto hasta la cámara, el cableado y el interruptor del panel solar, y un ventilador soplador centrífugo. Ese último fue el dolor de cabeza. No se consigue en Santa Cruz y terminaron pidiéndolo por Amazon.
El nombre oficial del proyecto es largo: “Desarrollo y evaluación termoenergética de un sistema de cocción fabricado con filtros de aceite automotriz usados, asistido por ventilación forzada y alimentado mediante panel solar y power bank”. Ellos lo conocen como el proyecto de las hornillas ecológicas.
📊 Las 28 pruebas que respaldan el prototipo
Los estudiantes hicieron 28 pruebas experimentales, repartidas en ocho categorías. En todas mantuvieron el mismo volumen, 650 mililitros de agua, y midieron con termómetro la temperatura inicial y la final. Estas fueron las ocho líneas de trabajo:
- Ebullición del agua
- Pruebas de funcionamiento
- Consumo específico de combustible
- Autonomía de la batería
- Carga del panel solar
- Estabilidad de la llama a lo largo del tiempo
- Escala visual del humo
- Filtrado del aceite quemado
Ese registro fue lo que presentaron ante los evaluadores internacionales. Según Zöller, la fortaleza del trabajo estuvo en no quedarse en la idea: “Desarrollamos un prototipo funcional, realizamos pruebas experimentales y evaluamos su comportamiento”.
⚠️ Lo que la hornilla ecológica todavía no puede hacer
Con la hornilla todavía no se cocina alimentos. Los estudiantes la pensaron para hervir agua y cocinar. Se inspiraron en las cocinas portátiles de camping y para personas de escasos recursos. Pero aún no han podido probarla con alimentos, como arroz o huevos, por la falta de materiales y acceso limitado a laboratorios en las islas.
Esa frontera apareció en São Paulo. La pregunta más difícil de los evaluadores fue justamente por el futuro del aparato. “En ese momento no lo teníamos claro. Decíamos que estaba en vías de desarrollo, lo cual es cierto, pues por ahora la hornilla es solo un prototipo experimental”, responde Robert Cruz.
Su asesor coincide en qué falta. Para Zöller, el proyecto debe ampliar las pruebas experimentales, incorporar instrumentos de medición más precisos, comparar su eficiencia energética frente a otros sistemas de cocción y evaluar sus emisiones. “No podemos afirmar con certeza cuáles fueron los factores que determinaron la diferencia con el primer lugar sin conocer las evaluaciones detalladas del jurado”.
En la feria tampoco hubo mucho margen para mirar a la competencia: alguien del equipo debía quedarse siempre en el stand o les bajaban puntos.
🏝️ ¿Qué cuesta hacer ciencia escolar en una isla?
En Santa Cruz, el obstáculo empieza por el inventario. Los equipos de laboratorio, los instrumentos de medición, los componentes electrónicos y los insumos para experimentar casi nunca están en el mercado local. Hay que comprarlos en el Ecuador continental y esperar el envío, con costos de transporte y tiempos que retrasan los proyectos.
Este proyecto lo vivió en tres piezas. El ventilador de corriente continua, el panel solar y el sistema de almacenamiento de energía no se consiguen con facilidad en la isla, así que el colegio gestionó su traslado desde el continente. Los instrumentos para medir el comportamiento termoenergético tampoco estaban siempre disponibles.
A eso se suman la infraestructura limitada de los laboratorios escolares y las fallas ocasionales de conectividad para llegar a recursos científicos digitales, detalló el asesor del proyecto.
Para Zöller, sin embargo, el problema de fondo no es insular, sino nacional. Lo más urgente que necesitan los colegios ecuatorianos, dice, es una cultura de investigación: que no solamente se enseñe ciencia, sino que se haga ciencia. Su argumento es sencillo. Las aulas siguen transmitiendo lo que otros investigadores ya descubrieron, en lugar de dejar que los estudiantes formulen sus propias preguntas, se equivoquen y vuelvan a probar.
💵 3 500 dólares por persona para llegar a competir
El prototipo costó 60 dólares. Llevarlo a competir costó 3 500 dólares por persona, entre pasajes aéreos, alojamiento, alimentación, transporte y otros gastos logísticos, según el cálculo aproximado del colegio.
Ese monto se cubrió entre tres partes: la empresa privada, los padres de familia y la propia Unidad Educativa Tomás de Berlanga. No hubo aporte estatal en la cuenta que detalló el plantel.
Para 2027, la ecuación vuelve a abrirse. Las dos acreditaciones que ganó el proyecto ya están en firme, pero el financiamiento no. “Todavía debemos resolver aspectos fundamentales, principalmente relacionados con el financiamiento de los pasajes aéreos, alojamiento, alimentación y demás gastos logísticos”, señaló Zöller. El colegio busca el respaldo de las familias, de la institución y de entidades públicas, privadas o patrocinadores.
🔗 Una cadena de ferias que empezó en Trujillo
La Unidad Educativa Tomás de Berlanga tiene unos 200 estudiantes y cerca del 40% participa cada año en proyectos de investigación, innovación y desarrollo tecnológico. El plantel trabaja en esa línea desde hace más de seis años, pero recién salió a competir fuera del país en 2025.
Ese primer viaje fue a Trujillo, Perú, a la Muestra Científica Latinoamericana, con tres proyectos. Allí obtuvieron tres menciones de honor y, con ellas, tres acreditaciones internacionales que se hicieron efectivas este año. La hornilla ecológica consiguió el cupo para FeNaDANTE 2026, en São Paulo. Los proyectos Pergatreats y BioConcrete quedaron acreditados para Mostratec 2026, en Novo Hamburgo.
Esa segunda feria ya pasó. Entre el 26 y el 30 de octubre, una delegación de 12 personas del colegio compitió en Mostratec, un evento que reunió cerca de 700 proyectos de 13 países. El 30 de octubre, BioConcrete -de Elián Valle, Andrés Arrata y Paula Gallardo- ganó el tercer lugar en la categoría Ingeniería y Ciencias de los Materiales. El otro proyecto, Pergatreats, lo presentaron Fanny Jane Berrezueta, Brisa Garcés y Martina Sorrentino.
En São Paulo también premiaron al docente. Zöller recibió el Prêmio Professor Destaque, uno de los tres que, según su relato, se entregaron entre unos 140 profesores asesores presentes en la feria.
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🗓️ Indonesia y Londrina, las dos paradas de 2027
El tercer lugar en São Paulo vino acompañado de dos acreditaciones internacionales para el 2027. La primera es para el International Creativity and Innovation Award (ICIA), que se desarrollará en Indonesia. La segunda, para la Feira de Inovação, Tecnologia e Ciências (FITEC), en Londrina, estado de Paraná, Brasil. El colegio espera la confirmación oficial de las fechas de ambas ediciones.
Antes de viajar quieren rediseñar la hornilla. El grupo está evaluando las fortalezas y las falencias del prototipo actual para después proponer mejoras y arrancar una nueva etapa experimental. Robert Cruz tiene una idea: acotar el uso, definirla como una hornilla de camping o para exteriores y hacerla más eficiente. Por ahora, dice, no han tenido tiempo de sentarse a discutirlo, debido al fenómeno de El Niño.
También saben que el listón sube. “Pasamos de participar en una feria en Brasil a una feria intercontinental”, dice Robert. Su plan es corto y concreto: identificar los puntos débiles, trabajarlos y apoyarse como equipo en las tareas que les cuesten. “Será un camino que, sin duda, implicará sacrificios, tal como ha sido desde que iniciamos este proyecto”, dice Emilia Brito.
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Construyeron una hornilla con diez filtros de aceite automotriz usados, ventilación forzada, panel solar y power bank. Con ella ganaron el tercer lugar de la categoría internacional de FeNaDANTE 2026, en São Paulo. Son Emilia Brito y Sebastián Villavicencio, de 16 años, y Robert Cruz, de 15, estudiantes de bachillerato de la Unidad Educativa Tomás de Berlanga, en Santa Cruz. El prototipo les tomó dos años.
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