“Estamos muertas en vida”. La frase se repite entre mujeres que comparten una misma herida: la separación forzada de sus hijos como forma de castigo.
No es una metáfora. Es la forma en la que ellas nombran una violencia que no siempre deja marcas visibles, pero que atraviesa la vida cotidiana, la salud, el trabajo y la estabilidad emocional.
La violencia vicaria existe. Tiene nombre, definición y efectos devastadores. Sin embargo, en Ecuador, todavía camina entre vacíos legales, procedimientos rígidos y decisiones administrativas que, en muchos casos, terminan profundizando el daño.
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Madres que sobreviven al duelo de un hijo que aún vive, la violencia vicaria en Ecuador
La psicóloga argentina Sonia Vaccaro, quien introdujo el concepto en 2012, explica que la violencia vicaria ocurre cuando el agresor daña a los hijos o a personas queridas de una mujer con el objetivo de causarle sufrimiento. Se trata de una forma extrema de violencia de género, donde los niños dejan de ser sujetos de protección para convertirse en instrumentos de castigo.
En la práctica, esta violencia suele aparecer después de una separación marcada por antecedentes de maltrato. La estrategia se repite: denuncias cruzadas, procesos judiciales múltiples, medidas de protección que se activan de forma inmediata y una progresiva ruptura del vínculo materno-filial.
‘Te Creo Mamá’: cuando el dolor se volvió colectivo
Cindy Velástegui no pensó en fundar un colectivo. Buscaba respuestas. Desde hace casi cuatro años no vive con su hijo. Lo perdió durante unas vacaciones que se extendieron más allá de lo acordado. Desde entonces, enfrenta procesos judiciales que se reabren cada vez que una resolución le resulta favorable.
En medio de la desesperación, empezó a contar su historia en redes sociales. Otras mujeres respondieron. Al inicio eran tres. Hoy son 45 madres de distintas ciudades del país: Quito, Loja, Guayaquil, Galápagos, Ambato, Ibarra.
Así nació ‘Te Creo Mamá‘, un colectivo que visibiliza la violencia vicaria y sostiene a mujeres que, además de la separación de sus hijos, enfrentan violencia económica, desgaste emocional y hostigamiento judicial.
“Cuando estás cerca de recuperar a tu hijo, aparecen nuevos juicios, nuevas denuncias, nuevas medidas que te impiden acercarte”, explica Cindy.
La mayoría de los casos -dice- se origina en denuncias presentadas en las Juntas de Protección de Derechos, muchas veces durante vacaciones o fines de semana de visitas.
El sistema que protege y, al mismo tiempo, separa
Las Juntas de Protección tienen la facultad de dictar medidas inmediatas para resguardar los derechos de niñas y niños. Esa atribución resulta clave en situaciones de riesgo real. Sin embargo, las madres coinciden en un patrón: medidas emitidas sin investigación previa que luego se prolongan durante años.
Diana Ramírez, madre de tres hijos, intentó salir de una relación violenta en 2024. Tras iniciar el divorcio, su hijo mayor presentó una denuncia en su contra. Antes de que la Junta resolviera, el padre se llevó a los niños con apoyo policial.
Desde hace más de un año, Diana no puede verlos ni llamarlos. “Denunciar violencia me llevó a perder a mis hijos”, dice. Los informes técnicos mencionan triangulación y manipulación, pero las decisiones judiciales privilegian la voluntad expresada por los niños, sin analizar el contexto ni el miedo.
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La infancia en medio del conflicto adulto
Uno de los puntos más sensibles es el uso del llamado “interés superior del niño” sin una evaluación profunda. Varias madres relatan que sus hijos repiten discursos donde un progenitor aparece como “bueno” y la madre como “mala”.
Psicólogos consultados por los colectivos advierten que esto puede responder a procesos de alienación parental, aunque el término sigue generando debate.
“Un niño que vive bajo presión, que teme perder afecto o estabilidad, no decide libremente”, dice una de las madres. Aun así, sus voces suelen pesar menos frente a informes parciales o lecturas literales de la ley.
Enfermedades que no se ven
El daño no termina en la separación. Ansiedad, depresión, trastornos del sueño, enfermedades autoinmunes y pensamientos suicidas aparecen de forma recurrente en los testimonios. Cindy habla de un “femicidio inducido” que nadie quiere nombrar.
“Mientras sigas en pie y trabajando, el sistema asume que estás bien”, dice. La violencia psicológica rara vez deja pruebas inmediatas. Muchas denuncias se archivan.
Emprender para no rendirse
Ante la violencia económica, el colectivo creó Esencia de Mamá, una red de emprendimientos liderada por mujeres del grupo. Ofrecen talleres, productos artesanales y espacios de encuentro.
El objetivo va más allá del ingreso económico. Buscan reconstruir autonomía y crear lugares seguros donde el dolor no sea el único tema. “Necesitamos espacios para respirar”, explica Cindy.
Una deuda pendiente del Estado
En Ecuador, la violencia vicaria todavía no figura como una figura legal específica.
Mientras tanto, los casos se multiplican en silencio. “Nos quitaron a nuestros hijos de forma legal”, repite más de una madre. No hablan de perder la patria potestad, sino del vínculo cotidiano, de los abrazos, de las rutinas que sostienen la infancia.
Mamá nunca se rindió
Cindy Velástegui quisiera que su hijo sepa una sola cosa: que nunca dejó de luchar. Que cada audiencia, cada denuncia en su contra y cada feria de emprendimiento tuvo un único motor. El amor por su hijo.
“Espero que algún día él me mire con la misma admiración con la que yo veo a mi mamá. Y entienda que su mamá nunca se rindió”.
Ese mensaje se repite, con distintas voces, entre las madres de ‘Te Creo Mamá’.
Vanessa Agila, abogada en libre ejercicio, lleva 10 meses sin ver a su hijo. A pesar de contar con resoluciones judiciales a su favor, permanece lejos de él por nuevas medidas que la señalan como agresora. “Lo que más extraño es la rutina. Desde que me levantaba hasta que me acostaba, todo giraba alrededor de mi hijo. Un día, eso desapareció”. Su mayor miedo no es el tiempo que pasa, sino el relato que se construye en ausencia.
Para Patricia Larco, la herida lleva años. Su hija tenía 14 cuando decidió irse con su padre, tras una historia marcada por ausencias, consumo problemático y conflictos judiciales.
Desde entonces, el vínculo se rompió casi por completo. “Me eliminaron de la vida de mi hija. No voy a estar en su graduación, no sé cómo está, no conozco su mundo“. En su casa, las cosas de su hija siguen intactas. “Tal vez es mi forma de decirle que aquí siempre hubo un lugar para ella”.
Marie Medina escucha a sus hijos pedir condiciones para verla: “quiero ver a mi mamá solo si no pelea”, “solo cada 15 días y si está papá”. Frases que no corresponden a su edad, según los informes técnicos, pero que igual pesan en las decisiones.
“A mí me quitaron a mis hijos por trabajar. Por buscar una mejor calidad de vida. Nadie me ha explicado por qué una abuela tiene hoy más derechos que yo como madre”.
Todas coinciden en algo: el dolor no se queda en la separación. Se transforma en enfermedades, en ansiedad, en noches sin dormir. Algunas se quebraron. Otras pensaron en no seguir viviendo.
Por eso se unieron. No solo para denunciar, sino para sostenerse. Y para que, cuando el tiempo pase y sus hijos puedan reconstruir la historia, encuentren una certeza común en todas estas mujeres: que sus madres estuvieron de pie. Que lucharon.