Luchino Visconti (Italia, 1906-1976) presumía de su título de conde, era alto –medía 1,85 m– y de refinada estampa. El mundo lo conoce por su obra fílmica, pero también fue poeta y director de teatro y ópera.
“Cristiano, marxista y homosexual, eso soy yo”, así se autodefinió ante las incrédulas miradas de quienes pontificaban moralinas con base a los fosilizados códigos del sistema imperante. El miedo corroe a la humanidad del ser y tardó en desvanecerse en los países que padecieron la Segunda Guerra Mundial. El credo religioso se tornó, entonces, en su único amparo. La rigidez de sus preceptos irrumpieron con fervor inusitado.
Imponente, nervudo, de trajes impecables, algunos diseñados por él, imagen fiel de su linaje aristocrático. Perfeccionista al extremo, su trato era opresivo. Su obra mantiene un ritmo sostenido y versa sobre episodios histórico-políticos de su país y sus lacerantes conflictos, bajo la impronta de su bizarra personalidad.
“Cuando veas una forma delicada, atrápala”
Lo único que persiguió Visconti fue el arte, en él miró su propia sustancia humana y la recreó. La mayoría de su obra se rehúnde en su núcleo familiar, y con sus destellos y opacidades modela a sus personajes. Los retratos familiares –símbolo de ochocentismo europeo–, de ricos y pobres, exornan los ambientes de sus películas.
La madre, tierna e imperiosa, a veces desalmada y devastadora, es réplica de la suya propia, sombra fatídica que lo perturbará toda su vida. “El día que confesé públicamente mi homosexualidad, me sentí liberado de ella”, dijo. Pero a su familia le debe su cultura universal, su pasión por el arte y también su perfeccionismo.
En nuestra hora Visconti es aclamado como la “encarnación del clasicismo y del refinamiento estético”, pero en su época fue vituperado y proscrito. Calificado de “sedicioso e inmoral” evitaban discretamente su compañía. Juan Pando, en su ensayo El cineasta del tiempo perdido, relata que Rocco y sus hermanos –uno de los filmes cimeros de Visconti– estuvo a punto de ser prohibido.
Lo mismo ocurrió con su obra teatral La arialda (dirigida por Visconti y escrita por Giovanni Testori). Su estreno provocó escándalo sin precedentes. Corrían los años 60 del siglo XX. La censura la prohibió y tanto director como elenco pernoctaron en un calabozo. “Obscenidad pública que atenta contra la moral”, fue uno de los estigmas que usaron los censores.
La orden de prohibición fue publicada en un medio impreso y en esta constaban todas las causas que, supuestamente, la pervertían: “morbosas, eróticas, pornográficas e inmorales de una obra dominada exclusiva y patológicamente por el vientre y el sexo”, anatematizada como “una expresión sintomática de la homosexualidad que atañe más a la medicina que al arte”.
El libertinaje fue el signo que grabó a fuego la personalidad de Visconti. Todo lo que hacía era diseccionado por el santo oficio del poder religioso. Discutido y combatido, excomulgado, fue pasto de toda clase de improperios, aunque siempre a sus espaldas, en su presencia esparcían elogios y le rendían pleitesía.
¿Qué fin tuvo La arialda? Ariel Quiroga, renombrado director teatral, no escatima elogios para esta pieza y, luego de reseñar el escándalo que produjo a nivel mundial, habla de su éxito, como pocas de su género.
Curtido en la vida y en el arte, a Visconti se le acreditan numerosos amantes; entre los que más incendiaron los ánimos de sus detractores relumbran Alain Delon, Helmut Berger –Berger lo acompañó hasta su muerte–, Franco Zeffirelli y su ilusorio amor con Lucía Bosé…
¿Teatro, cine, poesía, ópera… cuál de estas artes prefería Visconti? “Cuando dirijo una ópera sueño con rodar una película. Cuando estoy filmando una película sueño con dirigir una ópera y cuando estoy con una obra de teatro sueño con la música. Trabajar en otro campo es un descanso. El trabajo se convierte en algo malo si no puedes realizarlo con alegría”. Quienes no estaban contentos con el trabajo eran sus colaboradores a quienes trataba como si fueran vasallos.
Sus obsesiones: libros, pintura, música, teatro. Para algunos estudiosos de su obra, el cine fue su pasión. Dos vertientes fluyen por su filmografía: una que empieza con Obsesión, 1943, y finaliza con Rocco y sus hermanos, 1960, mediante la cual denuncia las injusticias sociales; y otra que marca el comienzo de una saga vivencial, doliente y oscura, que comienza con El gatopardo, 1963.
Luchino Visconti, el hombre que amó el arte por sobre todas las cosas, coleccionista compulsivo de antigüedades, capaz de obsequiarlo todo a quienes creía sus amigos, creyente de la familia que nunca tuvo, cineasta excepcional, se fue sin cumplir una de sus obsesiones: llevar al cine En busca del tiempo perdido. Quizás porque su vida fue un intenso peregrinaje en busca del tiempo que nunca vuelve.