La legitimidad de la participación social

Frente al agotamiento del sistema democrático, la cooptación del Estado por intereses corporativos y la erosión paulatina de la soberanía nacional, la sociedad contemporánea se halla ante una encrucijada histórica. En el Ecuador y en el ámbito global, la postergación de las necesidades sociales en favor de privilegios sectoriales exige una respuesta firme y deliberada. La experiencia histórica demuestra que la violencia insurreccional y la confrontación ciega no resultan sostenibles ni benefician a las mayorías; por el contrario, los regímenes autoritarios suelen destruir el tejido social. Episodios trágicos como los acontecimientos de la Plaza de Tiananmen en China o la masacre estudiantil de Tlatelolco en México (1968) evidencian cómo el poder represivo sofoca la protesta social.

En contraposición, los pueblos han alcanzado transformaciones trascendentes desde la acción cívica y pacífica. Así lo atestiguan la histórica lucha contra el apartheid en Sudáfrica, las movilizaciones estudiantiles en defensa de la autonomía universitaria en el Ecuador y el perseverante esfuerzo global por la igualdad de derechos de mujeres y niños. Estos procesos demuestran que la ciudadanía organizada y respaldada por la razón puede superar la coacción del poder estatal.

La protesta violenta, focalizada y afín al vandalismo no expresa un auténtico descontento social, sino que propicia el escenario adecuado para la infiltración de grupos con fines delictivos. Sus consecuencias suelen desencadenar espirales de represión que rara vez generan beneficios para la comunidad, tal como ocurrió durante las dictaduras del Cono Sur, que incurrieron en graves violaciones a los derechos humanos bajo el pretexto del combate al comunismo.

El camino idóneo para consolidar la justicia, el bienestar y el pleno reconocimiento de los derechos no reside en la manifestación destructiva, sino en la participación social directa, organizada y propositiva. Como planteaba Jean-Paul Sartre al examinar el compromiso ineludible de los ciudadanos e intelectuales con su época, el silencio pasivo ante la opresión constituye una forma de complicidad.

La sociedad civil tiene la responsabilidad ética de intervenir activamente en la gestión pública para objetar la injusticia mediante el rigor moral de la resistencia pacífica. La demanda ciudadana adquiere plena legitimidad cuando supera el reclamo coyuntural y se transforma en una exigencia permanente de respeto a los derechos humanos y de rendición de cuentas.

Desde el retorno al régimen constitucional en el país, diversos movimientos sociales demostraron la capacidad colectiva para detener abusos e incidir en el escenario político. No obstante, sus alcances estructurales resultaron con frecuencia efímeros debido a la falta de propuestas programáticas de largo plazo y a su pronta cooptación partidista. En la actualidad, el Ecuador enfrenta un marcado fenómeno de anomia social y una preocupante resignación ante la crisis moral y económica, así como frente a las reiteradas inobservancias del orden legal.

Esta apatía colectiva acarrea costos graves y palpables: la severa crisis energética y los racionamientos que paralizan las actividades productivas no obedecen a meros factores naturales, sino al manejo deficiente de los recursos públicos, a la improvisación y a la falta de planificación. Las metas comprometidas para culminar las obras de infraestructura con la debida oportunidad no se cumplieron, derivando en cuantiosas pérdidas económicas que contaron con la pasividad de un entorno desorientado por narrativas políticas que atribuyen la responsabilidad de forma sesgada, eximiendo a los sectores fácticos de su cuota de responsabilidad.

La sociedad ecuatoriana requiere superar este estado de inacción. Ni la asistencia estatal paternalista ni el desinterés de sectores elitistas fragmentados resolverán la crisis institucional. Resulta imperativo articular un amplio consenso nacional que supere posturas sectarias y trace una línea de acción orientada a la equidad distributiva y a la protección irrestricta del medio ambiente. La ciudadanía debe asumir su rol histórico, no como espectadora distante, sino como gestora de un modelo de gobernanza transparente, apegado a la Constitución y enfocado en el bienestar general. La participación pacífica y perseverante representa el único cauce ético para resguardar el futuro de la nación.