La gastronomía ecuatoriana es la clave para celebrar el 10 de Agosto en Nueva York

Hay formas de volver a Ecuador sin tomar un avión. Para muchos ecuatorianos que viven en Nueva York, basta sentarse frente a un plato conocido, escuchar un acento familiar o entrar a uno de esos lugares donde la gastronomía consigue que la distancia, por un momento, parezca menor.

Juan Inga y Rosa Sarmiento conocen bien esa sensación: dejaron el país hace más de tres décadas y terminaron haciendo de sus restaurantes una extensión de la tierra que un día dejaron atrás.

Este 10 de agosto, cuando Ecuador conmemora el Primer Grito de Independencia, sus historias adquieren otro significado. Juan salió de Déleg, en Cañar, cuando tenía alrededor de 17 años. Rosa dejó El Triunfo, en Guayas, con una hija esperándola en Ecuador. Él lleva más de 35 años en Estados Unidos; ella, 32. Ambos llegaron buscando un futuro distinto y encontraron en una cocina una manera de seguir perteneciendo al país del que partieron.

Ecuador vive entre ecuatorianos, gastronomía y recuerdos en Nueva York

La historia que Ecuador recuerda cada 10 de agosto comenzó en Quito en 1809 con el Primer Grito de Independencia. Más de dos siglos después, la fecha también se conmemora lejos de las fronteras nacionales, allí donde los ecuatorianos han llevado consigo costumbres, recuerdos, sabores y formas de hablar.

Estados Unidos ocupa un lugar central en esa historia migratoria. En 2025 fue el principal destino de las salidas internacionales registradas de ecuatorianos, con el 29,8% del total, según el Registro Estadístico de Entradas y Salidas Internacionales del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC). El registro contabilizó aproximadamente 1,75 millones de salidas internacionales de ecuatorianos durante ese año. El dato habla de movimientos y no equivale al número de personas que emigraron, pero confirma la fuerza de una conexión que atraviesa generaciones: Estados Unidos continúa siendo el principal destino registrado para quienes salen del país.

Juan y Rosa hicieron ese viaje hace más de 30 años. Entonces no sabían que terminarían cocinando con sentido ecuatoriano, pero en Queens.

De Déleg salió un muchacho de 17 años

Cuando Juan Inga habla de su infancia vuelve a Déleg, a su pueblo, a su familia y a una época en la que, según recuerda, marcharse parecía formar parte de crecer. Hoy tiene 53 años y es propietario de Sabor Latino, un restaurante ecuatoriano de Queens. Lleva más de 35 años en Estados Unidos, tantos que admite haber perdido la cuenta exacta.

Tenía alrededor de 17 cuando llegó. “Prácticamente toda la gente que vivía en Déleg llegaba a cierta edad, que eran los 16 o 17 años, y tenía que emigrar a Estados Unidos”, recuerda.

Antes de que él emprendiera ese camino ya otros habían salido. Juan cuenta que la falta de trabajo llevaba a habitantes de su pueblo hacia la Costa ecuatoriana para emplearse durante algunos meses. Después apareció otro destino, mucho más lejano: Nueva York.

Primero emigró Manuel, uno de sus hermanos. Trabajó como cocinero y logró regularizar su situación migratoria. Luego llegó su madre. Finalmente, Juan y su hermano Jesús pudieron reunirse con su familia. Juan dejó Cañar siendo prácticamente un adolescente. No tenía una profesión. Tampoco sabía que terminaría siendo dueño de un restaurante. Mucho menos sabía cocinar profesionalmente.

Tres hermanos, un carro y una idea

En Nueva York, Juan, Jesús y su hermana Rosa comenzaron trabajando juntos en un restaurante. Durante un tiempo compartieron casi toda su rutina. Habían comprado un carro sencillo entre los tres. En la mañana se subían para ir a estudiar inglés. Después, el mismo vehículo los llevaba al trabajo.

Aprendieron el negocio desde el salón. Atendieron mesas, fueron asistentes de bartender, sirvieron comida y trabajaron donde había que trabajar. “Nos acostumbramos a estar siempre juntos”, cuenta Juan. Después, la vida laboral los llevó a lugares diferentes, pero quedó una idea dando vueltas entre los hermanos: algún día volverían a trabajar juntos.

La oportunidad apareció cerca de la casa donde vivían. Había un pequeño local disponible para alquilar. Los hermanos tenían dos posibilidades para invertir los ahorros que habían reunido durante años: comprar una casa o abrir un negocio. Eligieron el negocio.

Juan calcula que reunieron entre 120 000 y 150 000 dólares. Era prácticamente todo lo que tenían. No sabían administrar un restaurante. No conocían todos los permisos que necesitaban. Nunca habían tenido un negocio. Pero abrieron.

Y hasta ese primer día pareció querer recordarles que nada sería sencillo. Un parlante que habían instalado en el techo cayó y rompió la ventana frontal. Sabor Latino abrió sus puertas sin ventana. Así comenzó una historia que ya lleva 28 años.

Aprendieron a cocinar porque no había otra opción

Había un pequeño problema: los hermanos habían trabajado durante años en restaurantes, pero siempre del otro lado de la cocina. Ninguno era cocinero profesional. Al comienzo cocinaron como pudieron. Después apareció Humberto, un hombre que, según recuerda Juan, tenía experiencia en restaurantes de Cuenca y hoteles de Guayaquil. Él comenzó a enseñarles.

Aprender tuvo sus tropiezos. Una vez, un antiguo compañero llegó a comer y pidió una chuleta. Cuando vio entrar a un conocido, escondió el plato. Años después confesó por qué: estaba quemada y le daba vergüenza que su amigo viera lo que estaba comiendo. Juan hoy puede reírse al contarlo. Entonces era parte de sobrevivir.

El restaurante tenía apenas ocho mesas y capacidad aproximada para 20 personas. El equipo era mínimo y cada cliente que entraba era importante. Poco a poco, la gente comenzó a regresar y las ocho mesas dejaron de ser suficientes.

Hoy Juan calcula que trabajan entre 20 y 25 personas en Sabor Latino.

El muchacho que veía a sus ídolos por televisión terminó recibiéndolos

El restaurante creció y algo inesperado comenzó a ocurrir. Por aquellas mesas empezaron a pasar personas que Juan había conocido únicamente desde la distancia. Artistas, futbolistas y figuras públicas ecuatorianas llegaron a Sabor Latino. Recuerda a Juan Fernando Velasco, al grupo Tranzas y las visitas del expresidente Rafael Correa.

Pero cuando Juan busca entre 28 años de recuerdos aparece una escena mucho más íntima. Vuelve a ser un muchacho en Déleg. Recuerda un televisor de aquellos años y a Silvana, una de las cantantes ecuatorianas más reconocidas de la época. Para aquel adolescente de Cañar, ella pertenecía a un mundo imposible de alcanzar.

Hasta que un día, muchos años después, Silvana llegó a cantar a Sabor Latino. Juan la recibió en su restaurante. El muchacho que había salido de Déleg con 17 años estaba ahora en Nueva York frente a una artista que alguna vez había contemplado desde una pantalla. “Era para mí como una persona fuera de alcance”, recuerda. La distancia entre aquel niño y aquel empresario cabía, por un instante, dentro del mismo restaurante.

Los 28 años de Sabor Latino también atravesaron episodios difíciles de la historia reciente de la ciudad. Inga recuerda las consecuencias de los atentados del 11 de septiembre de 2001 y, especialmente, la pandemia de covid-19.

“Hay un Sabor Latino antes y después de covid”, sostiene. El negocio estuvo cerca de cerrar. Algunos clientes fallecieron y, según Inga, también murieron trabajadores del establecimiento. Otros habitantes dejaron Nueva York. Él y su hermana también enfermaron. El restaurante sobrevivió.

Rosa dejó una hija esperando en Ecuador

La historia de Rosa Sarmiento comienza con una ausencia. Cuando salió de Ecuador hace 32 años, dejó atrás El Triunfo, en Guayas. Pero, sobre todo, dejó a su hija.

Rosa había decidido viajar a Estados Unidos porque quería ayudar a su familia. Cuando se le pregunta qué recuerdo permanece con mayor fuerza de aquella época, la respuesta llega sin adornos. “Mi hija, que la tuve que dejar. No es un bonito recuerdo, pero es lo que más recuerdo”. También estaba su madre.

Rosa llegó a Estados Unidos cargando una promesa: “Yo tengo que regresar por mi familia”, se repetía. Pasaron cuatro años antes de que pudiera volver a Ecuador. Después logró regularizar su situación migratoria y siguió trabajando. Con los años, aquella mujer que había llegado pensando en los que quedaron atrás terminó levantando su propio negocio. Hoy es propietaria de Sabor Guayaco.

Cocinar para no olvidar

Rosa dice algo que explica buena parte de su historia: “Yo nunca olvidé mi país. Siempre fue lo primero, mi país”. Viaja a Ecuador cuando puede. Extraña a su familia, extraña la comida y extraña esas cosas pequeñas que quizá solo adquieren su verdadero tamaño cuando uno vive lejos.

Y terminó aprendiendo a cocinar. No solamente por nostalgia, también por necesidad. Rosa entendió que si quería tener un restaurante debía conocer personalmente aquello que estaba ofreciendo. No podía depender siempre de alguien más.

“Para tener un negocio, tú tienes que aprender”. Entonces aprendió.

Lo que había comenzado como una manera de sostenerse terminó convirtiéndose también en una forma de conservar algo. Porque un plato puede ser solamente comida, pero para alguien que lleva tres décadas lejos de casa también puede ser memoria.

Estados Unidos sigue siendo el principal destino

Las historias de Juan y Rosa comenzaron hace más de 30 años, pero la conexión migratoria entre ambos países continúa. En 2025, el INEC registró 6,27 millones de movimientos internacionales de ecuatorianos y extranjeros. Fueron 3,13 millones de entradas y 3,14 millones de salidas. El flujo total aumentó 1,8% frente a 2024.

Entre los ecuatorianos, Estados Unidos encabezó los destinos registrados con el 29,8% de las salidas internacionales. Colombia representó el 19,6% y Perú, el 17,1%. Además, Guayaquil registró 692 781 movimientos de salida de ecuatorianos y Quito, 673 304. En ambas unidades de control migratorio predominó el transporte aéreo y Estados Unidos fue el destino principal, según el INEC.

Las estadísticas no dicen cuántos de esos viajes terminarán convirtiéndose en historias de décadas. Tampoco pueden contar qué queda en una maleta cuando alguien se marcha. Juan recuerda un pueblo de Cañar. Rosa recuerda a una hija.

El 10 de agosto también se siente lejos de casa

Este 10 de agosto, Ecuador conmemora el Primer Grito de Independencia. Para quienes viven fuera, una fecha patria también puede tener una dimensión más cotidiana. Puede estar en una bandera colocada dentro de un restaurante, en alguien que pregunta de qué parte de Ecuador viene otro cliente, en una canción, en un plato que sabe parecido al que preparaban en casa o simplemente en la posibilidad de pronunciar el nombre de un pueblo situado a miles de kilómetros y sentir que todavía se pertenece a él.

Después de más de 35 años, Juan sigue hablando de “mi querido Déleg”. También piensa en algo que ha comenzado a observar entre quienes emigraron con él: algunos de los jóvenes que un día dejaron el pueblo ahora, ya mayores, empiezan a regresar. La vida parece completar el recorrido.

Si Juan pudiera encontrarse con el niño que fue antes de marcharse, sabe qué le diría: “Estudiar, estudiar, estudiar”. Él comenzó estudios universitarios en Nueva York, pero los dejó cuando el trabajo y la posibilidad de ganar dinero ocuparon más espacio. Hoy mira aquella decisión desde otra edad.

Rosa también piensa en el regreso. Conoce personas que llevan 30 o 40 años fuera. Personas que alguna vez dijeron que regresarían pronto. “Siempre: ‘mañana regreso’. Y no regreso. Se pasaron 20 años”.

Ella sí vuelve cuando puede. Quizá porque hay lugares de los que uno se marcha una vez, pero a los que continúa regresando de muchas maneras.

Juan salió de Déleg. Rosa salió de El Triunfo. Los dos llegaron a Nueva York buscando una oportunidad y terminaron construyendo restaurantes donde otros ecuatorianos también pueden recordar.

Este 10 de agosto, mientras Ecuador vuelve la mirada hacia el Primer Grito de Independencia, en Queens habrá mesas donde la patria estará mucho más cerca. A veces, a la distancia entre Nueva York y Ecuador le basta un plato para desaparecer.


Preguntas frecuentes sobre los ecuatorianos que mantienen viva su identidad en Nueva York:

❓ ¿Quiénes son Juan Inga y Rosa Sarmiento?

Son dos ecuatorianos que emigraron a Estados Unidos hace más de tres décadas y construyeron sus vidas alrededor de la gastronomía.
Juan Inga salió de Déleg, en Cañar, cuando tenía alrededor de 17 años y hoy es propietario de Sabor Latino, en Queens. Rosa Sarmiento dejó El Triunfo, en Guayas, hace 32 años y actualmente dirige Sabor Guayaco. Ambos convirtieron sus restaurantes en espacios donde la comida también funciona como vínculo con Ecuador.

❓ ¿Cómo nació el restaurante Sabor Latino en Nueva York?

Nació de los ahorros y el trabajo conjunto de Juan Inga y sus hermanos.
Juan, Jesús y su hermana Rosa trabajaron durante años en restaurantes antes de decidir abrir su propio negocio. Reunieron entre 120 000 y 150 000 dólares y apostaron prácticamente todos sus ahorros. Sabor Latino comenzó con apenas ocho mesas y capacidad para unas 20 personas. Hoy, después de 28 años, emplea entre 20 y 25 trabajadores.

❓ ¿Qué representa la gastronomía ecuatoriana para quienes viven lejos del país?

Una manera de conservar recuerdos, identidad y sentido de pertenencia.
Tanto Juan como Rosa aprendieron a cocinar después de emigrar. Para ellos, los platos ecuatorianos dejaron de ser únicamente una actividad comercial y se transformaron en una forma de mantener vivos los recuerdos de sus familias, sus pueblos y las costumbres que dejaron atrás.

❓ ¿Qué importancia tiene Estados Unidos para la migración ecuatoriana?

Fue el principal destino de las salidas internacionales de ecuatorianos registradas en 2025.
Según datos del INEC citados en la nota, Estados Unidos concentró el 29,8 % de las salidas internacionales registradas de ecuatorianos durante 2025, seguido por Colombia con 19,6 % y Perú con 17,1 %. Estas cifras corresponden a movimientos internacionales y no equivalen directamente al número de personas que emigraron.

❓ ¿Qué significado adquiere el 10 de agosto para los ecuatorianos que viven en Nueva York?

Se convierte en una oportunidad para recordar y reafirmar su vínculo con Ecuador.
Mientras Ecuador conmemora el Primer Grito de Independencia, para quienes viven fuera del país la fecha también puede sentirse en acciones cotidianas: compartir comida ecuatoriana, escuchar una canción, hablar de sus lugares de origen o reunirse en restaurantes como los de Juan y Rosa. Sus historias muestran cómo la identidad puede mantenerse incluso después de décadas lejos del país.


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