François Truffaut, memoria de la niñez perdida

“Mi vida hasta la fecha ha sido banal. No he tenido satisfacciones ni alegrías. Amo el arte y especialmente el cine. Tres películas por día, tres libros por semana y la música de los grandes me bastarán hasta el día de mi muerte a la que tanto temo. Mis padres lo son por azar y los considero extraños. No creo en la amistad ni en la paz”, confesó François Truffaut (Francia 1932-1984) a sus 17 años. ¿Cuánto de esta revelación señaló el resto de su vida?: su pasión por el cine y los libros.

Miedo de vivir y miedo de morir marcaron el itinerario de este cineasta y crítico. Abandonado en un orfanato por su madre y padrastro, conoció a su padre años después gracias a un investigador –aunque se rumoró que fue embaucado por los dos personajes, pues no era el verdadero progenitor–. A sus diez años vivía con una abuela que murió dejándolo en el desamparo. Vagabundeó por las barriadas pobres inventando maromas para sobrevivir.

Ansia de amar y ser amado

El ser humano muere cuantas veces lo hacen sus seres queridos, y su naturaleza es la soledad: fueron las lecciones que Truffaut aprendió en su niñez y adolescencia. La muerte nunca dejó de acecharlo, hasta el punto de convertirse en protagonista de varios de sus filmes. Truffaut, el cineasta más autobiográfico de la nouvelle vague (nueva ola francesa) –y uno de los más criticados–, murió a los 52 años a causa de un tumor cerebral.

Don Juan irredento (Truffaut se recreó en su filme El amante del amor, 1979), su obsesión por el cine y su oficio de lector fueron su nutriente vital. “Truffaut fue el cineasta más culto de su generación”, afirmó André Bazin, su “verdadero padre adoptivo”, cuya influencia marcó su cine.

Su libro El cine según Hitchcock (1974) ha sido celebrado tanto por críticos como por lectores. Truffaut –admirador confeso del “maestro del suspenso”– nos introduce en su filosofía esencial y sus innovaciones técnicas. Más que una simple transcripción de una entrevista, esta obra es una cátedra magistral sobre cine y una incursión en el complejo arte que entrañan las películas de Hitchcock: su profundidad psicológica, su precisión narrativa y la meticulosa artesanía de cada fotograma. Un libro que cautiva y educa al lector, sea cinéfilo versado o sencillo espectador.

En un párrafo subrayado, leo una aserción sobre el autor británico: “Rodaba las escenas de amor como si fueran de asesinato, y las de asesinato como si fueran escenas de amor. En su cine, hacer el amor y morir eran uno y eran lo mismo”. Estas líneas esbozan su propia esencia humana. El amor, para Truffaut, fue un imposible, o un posible cuya eternidad es real mientras perdura, y la muerte una certeza que vivió con él. Sus relaciones –intensas y perturbadoras– con actrices de renombre levantaron oleadas de diatribas.

Arrebatado y pesimista, incluidos sus más ásperos críticos, coinciden que ningún cineasta de su generación amó tanto el cine como él. A los 20 años empezó a labrar su nombre como cofundador de la revista Cuadernos de cine junto a Jean-Luc Godard, creando la histórica nueva ola. Sus postulados primordiales: un cine personal y realista, capaz de nombrar personas y situaciones tales cuales son. Su filme Los cuatrocientos golpes (1959) consagró su figura.

Desigual en buena parte, soberbio en Cuatrocientos golpes, La noche americana, La piel suave, La mujer de al lado, El pequeño salvaje y un par de cintas más.

Los cuatrocientos golpes: aquellos que una criatura padece en su vida marcada por la soledad, pero que se confunden con ingenuas travesuras semejantes al humo del cigarrillo que simula consumir, emulando a un hombre avezado. Relato de su niñez nublada por la ausencia de afectos, por soledades y privaciones. Paradójico y controversial, Truffaut apela a su adolescencia y adultez para componer un mural íntimo de la época.

El arte de Truffaut fue autobiográfico. Desde su ópera prima, Los cuatrocientos… hasta Confidencialmente tuya (1982), homenaje a quien fuera su compañera y socia, Fanny Ardant, son creaciones de su cerebro y su corazón. Reflexión y emoción. Pasión y razón.

La mujer de al lado (1981), espléndido acercamiento al amor. Amor y locura refundidos. Dramatismo. Vulnerabilidad y pérdida del amor. “No es el amor quien muere, somos nosotros mismos”, escribió Cernuda. Golpeando la impotencia de no dañar el amor, así vivimos. Una inexorable catarsis sobreviene al final: dos amores encontrados apenas pueden sobrevivir.

El legado de Truffaut es valorado por cinéfilos que entienden la cinefilia no como una mitificación viscosa, sino como acto de amor y aproximación a la sustancia del cine de autor.

Françoise Truffaut: el cineasta que recibió los “cuatrocientos golpes” de la vida y cargó con el estigma de la búsqueda incesante.