Fernando de Szyszlo, La vida sin dueño

El arte genuino se contempla y se experimenta a través de quienes le dan vida. Mi aproximación a la obra de Fernando de Szyszlo (Lima, 1925-2017) la debo a otro grande del arte latinoamericano, Estuardo Maldonado, a quien me unió un afecto que desafió los rigores del olvido.

En mi memoria la figura del peruano, artífice del rito y la abstracción, y la de un ser humano cuya transparencia sentí de cerca. Los dos, Maldonado y Szyszlo, mantuvieron un diálogo oculto, vivificado por el fuego de nuestras raíces, su apasionado amor telúrico, su filiación ancestral, su proverbial entrega a la creación artística, los fundió en el tiempo.

Vuelo y velo de la memoria precolombina

El arte de Szyszlo se apartó del indigenismo –del que se limitó a “retratarlo”– e irrumpió en claroscuros envueltos en gasas de luz que unifican los colores, sepultándolos y resucitándolos en incesante movimiento.

Inkarri, 1968, acrílico sobre madera. El barniz del artista graba las lágrimas resinosas del imaginario andino; una decisión material donde la transparencia del acabado no busca proteger la obra, sino aprisionar en su textura el dolor perenne del mito.

Abstracción. Rojo sangre y negro abismal. Pluralidad: otorga la sensación de ser pintado en una multitud de rojos y de negros.

Fernando de Szyszlo fue prosélito de José María Arguedas, quien ejerció el magisterio de escritores, poetas y artistas plásticos en los 50 del siglo XX en Perú y en otros países de América. Nadie como él conoció el Perú profundo, convivió con sus orígenes, fundió el quechua y el español en su escritura, convocó a reconocernos en nuestra realidad, comprendió qué actitud debíamos asumir frente al cosmopolitismo y a nuestro ancestralismo, avivó el amor por nuestras “culturas madres”.

¡Mirarnos hacia adentro!, su imborrable enseñanza.

Inkarri. Refundición lingüística de los términos inca y rey. La cabeza del Inca desmembrada por la conquista espera el décimo Pachakutec. En ese tiempo su cuerpo volverá a ser y reanudará su camino. Mito, leyenda o verdad, es una de las sustancias del arte de Szyszlo.

“Tus magnánimas manos/ extendidas:/ Y con esa visión fortalecidos/ Despídenos”. Algún poeta quechua, abatido por la conquista, debió escribir sobre esa ignominiosa muerte, Al señor Inca Atahualpa.

Szyszlo –como Maldonado– profundizó en nuestra América y esta fue la savia de su creación pictórica. El error –decía Blanca Varela, poeta grande y compañera del artista peruano– no reside en querer ser americano, sino en cómo serlo. Szyszlo trabajó sobre este poema anónimo y fue la raíz primordial de su vasta y singular creación visual.

El artista absorbió el antiinformalismo del abstracto; se sumió en su narrativa. La narrativa se sublima en su obra y en esa pura sublimación halló la forma. Esta es tan rotunda que se torna asible, audible, ávida por ostentar y probar, sin tibiezas ni simulaciones, su potestad; exhibiendo esa efusión, fidedigna, atroz y sensitiva de los artistas de América.

Guardo una de las dos versiones del Sol negro de Maldonado. Encausto-madera. Millares de S (el obsesivo signo de la obra del artista) saturan el cuadro. Y pienso en el Sol negro de Szyszlo, lienzo-acrílico que dio sustento a una serie de grabados. Los dos son uno. Símbolo mítico. Calendario precolombino. Dos artistas consagrados a su amor por nuestra América.

América. Alguna vez dije que es una palabra que nos seduce y alucina, es un ascua en nuestras manos que preferimos lanzar lejos para no quemarnos. O la engrandecemos más allá de lo que es. O nos avergonzamos de ella –preguntemos cómo se españolizan algunos de nuestros migrantes en los graderíos del fútbol español–. América, la nuestra, bulle y rebulle en los tres mil y más cuadros que constituye el legado de Szyszlo.

Su pintura instaura una cosmogonía extraída de nuestro ser precolombino. Ceremonial antiguo y nuevo como el tiempo, y transgresor de su perpetua travesía. Nebulosidad. Mitificación. Ritualidad.

Espacios en los que se amalgaman el desgarramiento de la conquista y el secreto sacrificio de un artista que ofrendó su vida al arte y sus principios.

“Llevo setenta años enfrentándome sin pausa al desafío del lienzo en blanco –confiesa Szyszlo–. Un abismo emocional que combina sensaciones a veces contrapuestas cada vez que me pongo ante el caballete para empezar lo interminable”… (Líneas de su libro La vida sin dueño, 2017).

Memorias de un artista que plasmó –enardeciendo sus colores– el oratorio de dioses y naciones que resplandecieron antes de la conquista y que nos siguen alumbrando. Su obra excepcional está a buen recaudo.

¿Qué sería de la creación visual de Estuardo Maldonado, sin la histórica visión de la Universidad Andina Simón Bolívar que porfía por rescatar nuestras artes, único espejo donde podemos mirarnos con orgullo?