El Metro de Quito y la responsabilidad de una cultura ciudadana

El Metro de Quito acaba de superar los 100 millones de viajes realizados, según informó el Municipio el pasado 9 de septiembre de 2025.

La cifra no solo simboliza un hito en la movilidad de la capital, sino también la consolidación de un sistema que ha cambiado la forma de desplazarse en la ciudad.

En este contexto, es importante aclarar qué significa un “viaje” en el Metro. Se trata de cada trayecto validado por un usuario desde una estación hasta otra, es decir, cada vez que una persona aborda el sistema con su pasaje. No se refiere a 100 millones de personas distintas, sino a 100 millones de trayectos acumulados. Un pasajero frecuente que utiliza el Metro dos veces al día suma dos viajes al total. Este indicador es clave para medir la demanda real del servicio, planificar la frecuencia de trenes, evaluar la seguridad y calcular su impacto económico en la ciudad.

Este logro numérico, sin embargo, abre un debate necesario: cómo garantizar que el Metro mantenga su eficiencia, seguridad y calidad en el tiempo, y cómo generar una cultura ciudadana que se apropie de este servicio.

El impacto económico también es evidente. La Alcaldía cuantificó en 147 millones de dólares los beneficios generados en la economía local desde la apertura del sistema.

Solo en el sector turístico, 613 establecimientos se han visto beneficiados y se reporta un crecimiento del 11,7% en licencias de actividades económicas (LUAE).

El transporte subterráneo reactivó negocios en el Centro Histórico al reducir tiempos de viaje: un trayecto que en superficie podía tomar hasta una hora, ahora se cumple en apenas 20 minutos, lo que atrae a más visitantes y dinamiza el comercio.

Los testimonios de los comerciantes respaldan las cifras. Ricardo Sánchez, presidente del Buró del Centro Histórico, aseguró a EL COMERCIO que el Metro es “una herramienta clave para generar empleo y mejorar la atención a más clientes”.

Por su parte, Irene Pazmiño, dueña de un local de comidas, dijo que sus ventas crecieron en un 40% desde que entró en funcionamiento el sistema. Incluso los museos han visto resultados: Lucía Durán, directora ejecutiva de la Casa del Alabado, explicó que se han atraído nuevas audiencias gracias al acceso rápido que brinda el Metro.

Más allá de los números, está la reflexión de fondo. El Metro no puede convertirse en un botín político como ocurrió en los largos años de su construcción.

La operación y el mantenimiento deben estar guiados por criterios técnicos, con una visión de largo plazo, evitando repetir lo que ha pasado en otras ciudades de la región, donde la falta de planificación y de presupuesto ha derivado en sistemas deteriorados e inseguros.

El desafío también es cultural. Los quiteños debemos construir una cultura Metro, que implica respetar normas básicas de convivencia: cuidar las instalaciones, mantener la limpieza, dar prioridad a personas con discapacidad y a adultos mayores.

El Metro es un espacio colectivo que refleja, en buena medida, la sociedad que queremos ser.

La movilidad de Quito sigue teniendo enormes retos. Los problemas de tráfico vehicular, de transporte público deficiente en superficie y de seguridad no desaparecerán con el Metro. Pero este sistema ha demostrado que cuando la ciudad se plantea soluciones estructurales, el impacto es inmediato y positivo.

El reto, ahora, es no conformarse con la celebración de una cifra redonda, sino pensar en cómo evolucionar hacia un servicio sostenible, transparente y de calidad.

Los 100 millones de viajes son un logro innegable. Pero más importante aún es la oportunidad que representan para consolidar un cambio en la movilidad, en la economía y, sobre todo, en la cultura ciudadana de Quito.