La situación política actual
Lo que se está viviendo en Ecuador no es más que el resultado de una Constitución redactada por personas inexpertas, obedientes de disposiciones no analizadas, afán de imponer un modelo generado por extranjeros desconocedores de nuestra realidad: en resumen, producto de novatos, dogmáticos.
Allí tenemos los vacíos de si debemos o no calificar como reelección de alguien que se candidatiza luego de ocupar un cargo de elección popular producto de una muerte cruzada: no se definió con claridad y lógica que una reelección es para cuando se ejerce un período completo. Otro problema que surge allí es que luego de la muerte cruzada, debería implementarse un período completo, para evitar estas absurdas discrepancias e interpretaciones. Pero claro, las mentes dogmatizadas no piensan en esto cuando copian una figura de un sistema democrático diferente al presidencial, y tratan de adaptarlo como novedad o iniciativa brillante: hay ciertos híbridos que no son exactamente iguales a sus componentes originales.
Paralelamente a esa disposición incompleta de la muerte cruzada, se implementa un verdadero mamotreto como es el código de la democracia, que no establece requisitos mínimos y suficientes para asambleístas u otros cargos de elección popular, disfrazando de democracia un verdadero atentado contra el progreso de un país (¿y se llaman progresistas?).
No para allí, una declaración de ciudadanía universal para permitir la entrada de Pedro y Pablo, sin que cumplan un mínimo de requisitos para garantizar la paz interna (muchos de los que ingresaron al Ecuador son delincuentes en sus países de origen), y muchos otros fueron enviados especialmente para crear el caos, por países que en contubernio con grupos delincuenciales, y, lo que es peor, a pedido de ex gobernantes de nuestro país.
La arremetida implacable de delincuentes y sicarios que la ejercen, siempre antes de las elecciones, demuestra con claridad que obedecen a consignas políticas, pues me resulta difícil creer que es mera coincidencia el recrudecimiento de estas acciones en las cercanías de los procesos electorales, y siempre para perjudicar a los rivales políticos y que se encuentran ejerciendo el poder, de quienes impusieron esa ciudadanía universal.
Ni siquiera tienen el pudor de ocultar sus manipulaciones, pues paralelamente atacan con insultos y odios, y con críticas acerbas por la imposibilidad de contener esas arremetidas.
Los discursos de odio, inundados de palabras soeces, que muestran el bajo nivel cultural de quienes los emiten, sean autoridades en ejercicio o ex autoridades, con otra manifestación del concepto que tienen de la política.
No es prudente que el poder se entregue a quienes están rodeados de este tipo de insultadores, o, inclusive, guiados por ellos.
José M. Jalil Haas