¿Aprender a ser feliz?

El tema de la felicidad es recurrente en todas las culturas y sociedades. Para unos es una meta; para otros, una filosofía o retórica.

Los aprendizajes tienen relación directa con las funciones cerebrales y el medio ambiente. Se ha demostrado que desde el momento de nacer hasta los 2 o 3 años, aproximadamente, se desarrollan sistemas importantes de nuestra vida emocional. Y para que el adulto se forme como sujeto independiente, es necesario que el niño sea dependiente, según Sue Gerhardt. En todo este trayecto hay aprendizajes significativos.

Genes y ambiente

Si se parte de esta premisa, la salud física, mental y social del ser humano comienza en la cuna y aún antes, durante el embarazo. Y estos aprendizajes –como adaptaciones y asimilaciones- continúan por toda la existencia, en las palabras de Jean Piaget, padre de la epistemología genética, para quien el desarrollo de habilidades y la inteligencia, se produce a partir de una propuesta evolutiva de interacción entre genes y ambiente.

Los aprendizajes no son innatos; parten de experiencias de relación del bebé con sus padres, que se unen inseparablemente al desarrollo cerebral, y en especial a las conexiones neuronales o sinapsis. Un mecanismo clave en esa línea es el lenguaje, que es de carácter universal, con independencia del idioma o la cultura. El milagro, el lenguaje hizo posible una conquista inconmensurable: la adquisición de los patrones de comprensión, que asocian la palabra con el objeto.

El cerebro infantil

Algunos científicos consideran que el cerebro del bebé al nacer está prácticamente “vacío”; por lo tanto, tiene que aprender todo. Otros piensan que el cerebro infantil trae almacenados los recuerdos de la cultura. Es cierto que los actos reflejos son resultados de los instintos de supervivencia: alimento, seguridad y afecto.

El aprendizaje es un proceso complejo. No se sabe cómo aprende el cerebro, pero hay indicios. Se reconoce que los mecanismos del aprendizaje infantil son en su mayoría intuitivos, a diferencia del aprendizaje en los adultos, que es consciente, racional y estructurado.

Felicidad y neurociencias

La felicidad –vista como equilibrio de las funciones genéticas y fenotípicas o del ambiente- sería un tipo de aprendizaje natural por obra de las neuronas y su misteriosa capacidad de comunicarse, almacenar y procesar información, a través del lenguaje sobre todo no verbal.

Las neurociencias ya trabajan sobre este tema y otros apasionantes como los problemas del lenguaje, trastornos de conducta, comprensión lectora, y otros temas más complejos como los orígenes de la violencia, la discriminación y otros desórdenes que asuelan la sociedad.

La felicidad como propósito

¿Qué es la felicidad? ¿Podremos adquirirla con la lotería, el loto o el pozo millonario? ¿Qué es ser verdaderamente felices?

Si bien el amor y la felicidad son inseparables, no es el uno causa automática del otro, según los expertos. Los filósofos, desde el comienzo de los tiempos, arguyeron que la felicidad era algo interior, que provenía del espíritu o resultado de un estado especial que se nutre más de lo emocional que lo racional, y que integra la vida a ciertas realizaciones.

La felicidad ha sido tomada como un bien inmaterial, lejano y a veces desproporcionado para el común de los mortales. La mayoría ha anclado sus propósitos al dinero, a los viajes, a la salud y el amor, cuando, en realidad, los tipos de felicidad dependen de cada persona y de cada modelo de vida. Así, hay personas con cuentas corrientes “gordas”, pero infelices; o pobres, con un nivel de vida básico, pero felices. ¿En dónde está el quid?

La historia de Christofer Gardner

La película “En busca de la felicidad” fue un éxito de taquilla, al recaudar 307 millones en el mundo. El filme relata el caso de Christofer Gardner, un afroamericano, quien pasó en la vida real de una situación de miseria a ser un acaudalado hombre de negocios.

“El éxito internacional del libro y la película tiene relación directa con la omnipresencia de la felicidad en nuestras vidas”, según Édgar Cavanas y Eva Illouz, en el libro “Happycracia: cómo la ciencia y la industria de la felicidad controlan nuestras vidas”. Según estos autores, la felicidad está en todas partes y en nuestro imaginario cultural.

Pero la historia de Gardner va más allá de las cifras. Gracias a esta tendencia, los científicos consideran que la felicidad ya no está relacionada con el destino, con la suerte o con la presencia o ausencia de dolor.

La felicidad es un estado psicológico –dicen- que puede gestionarse mediante la voluntad, como resultado de controlar nuestra fuerza interior o como el baremo para medir el valor de nuestra biografía, nuestros éxitos y fracasos, la magnitud de nuestro desarrollo psíquico y emocional. E incluso como elemento central de lo que es y debe ser un buen ciudadano.

La ciencia de la felicidad

El caso Gardner confirma la hipótesis que, con la decisión individual y ciertas condiciones básicas, la construcción de proyectos de vida posibles es no solo natural sino práctica. Dicho de otro modo: que la felicidad bien entendida no depende de agentes externos -solamente- sino de voluntades personales, que articularon triunfos y buenos resultados -y también fracasos-, apoyados en referentes, y de una ciencia que apareció en la década de los noventa: la ciencia de la felicidad.

La idea no es nueva. La psicología ofrecía, hace décadas, algunos factores claves que podrían ayudar a la gente a llevar una vida más feliz. Pero en pocos años surgió la psicología positiva, gracias a la cual la felicidad dejó de ser un concepto nebuloso, utópico e inaccesible para convertirse, progresivamente, en una meta universal con teorías, objeto de estudio y métodos científicos.

No se trata, por tanto, de estructurar la “buena vida”, con una visión reduccionista, sino de orientar a la gente para que se sienta mejor, bajo cuatro presupuestos: epistemológicos, sociológicos, fenomenológicos y morales, dentro de una perspectiva crítica. ¡Y porque se aprende a ser feliz!