A mí también me duele Miguel 

Me costó un poco escribir este artículo. Y me costó porque escribir sobre el asesinato de una persona, duele, cuesta, estremece el corazón. Pensé en buscar otro tema, pero no, creo que como sociedad debemos hablar y permitirnos sentir estas pérdidas, no ser nunca indolentes ante estos hechos.

El caso de Miguel Uribe nos conmueve a todos, y nos debería doler a todos. Más allá de si compartimos su ideología política, Miguel, como muchos otros, sentía la urgencia de cambiar realidades. Puso su vida al servicio de lo público, se dedicó a la gente. Y, lamentablemente, ese compromiso le costó la vida

¿Desde cuándo nuestras luchas, nuestras ideas, nuestros sueños deben costarnos la vida? Esa es la realidad que enfrentamos hoy: la vida humana puesta en riesgo por pensar distinto, por levantar la voz, por aspirar a un futuro mejor. Y en esa violencia cotidiana estamos olvidando lo esencial: la dignidad humana.

La dignidad humana, ese valor intrínseco, innegable e inmutable que reconoce en cada persona el derecho a la vida, a la libertad y al respeto, hoy parece desdibujarse. Justamente este principio básico es el que estamos dejando de lado, el que se pone en duda en debates, conversaciones y agendas que, en lugar de afirmarlo, lo relativizan.

Como personas, necesitamos vivir y desarrollarnos en entornos seguros, que permitan la convivencia, el debate y la libertad. Y esto, que debería ser obvio, no lo estamos viviendo.

¿Cómo explicamos a nuestros hijos que, en un acto público y en medio de la gente, un joven dispara y no solo mata a un político, sino que destruye a una familia? ¿Cómo enseñarles a ser valientes, a defender sus principios, y al mismo tiempo contarles que alguien que lo hizo terminó de esta manera?

Escuchar las palabras de su padre, de su esposa, leer los artículos que circulan a raíz de su muerte, ver videos de su vida, hacen que, una vez más, también me duela la muerte de Miguel; y como la suya, la de otros tantos que han perdido la vida por buscar un mejor futuro, otros tantos de quienes no sabemos sus nombres, de quienes no conocemos las edades o nombres de sus hijos, pero que dolieron igual a cada familia.

Una vez más, estos hechos deben convertirse en un llamado urgente a recuperar el respeto por la vida, la diversidad de pensamiento y la dignidad de cada persona. Más allá de ideologías, todos tenemos derecho a luchar por nuestras creencias y valores, y a discrepar de lo que otros promueven, pero nunca podemos por eso vulnerar la vida. Porque aunque haya quienes nos hagan creer lo contrario, no se puede poner precio a lo que nunca podrá medirse: la vida y la dignidad humana.

Como sociedad, debemos honrar su memoria, defender la democracia y sobre todo, defender la vida. Honrar a Miguel es también cuidar nuestras palabras, nuestras acciones, nuestras diferencias. Es elegir el respeto, incluso cuando no estamos de acuerdo. 

Soy amante de la ciencia política y del servicio público; es mi formación, mi carrera. Sé lo que es tener el compromiso de servicio, de querer buscar maneras de ayudar y cambiar realidades, conozco las grandes oportunidades de gestión que genera, pero también el temor profundo que despiertan historias como estas, que muchas veces nos hacen perder a potenciales líderes que podrían cambiar los rumbos de nuestras sociedades.

Este artículo no solo busca honrar la vida de Miguel, honra la vida de cada persona que por la falta de reconocimiento al valor de  la dignidad humana, hoy no puede leer estas líneas.