El reino de la pobreza

En los enclaustrados reinos de páramos y selvas, el tiempo se detuvo por designio de dioses ancestrales y los pueblos originarios ejercen un señorío absoluto sobre vastos territorios que se extienden desde las montañas hasta las llanuras amazónicas.

Tierras de fertilidad prodigiosa, donde yacen dormidos tesoros agrícolas, maderas preciosas y minerales que, si despertaran a la tecnología moderna, podrían generar riquezas incalculables para las nuevas generaciones, como lo hicieron los árabes hace 50 años cuando encontraron petróleo en sus tierras y hoy son los millonarios del planeta.

Pero estas tierras son trabajadas con los métodos de los tatarabuelos y las comunidades sobreviven en la escasez, mientras sus líderes, que han ocupado alcaldías y prefecturas con acceso a cientos de millones de dólares, no han reducido en nada la pobreza ancestral, ni la miseria emocional y ni el analfabetismo financiero.

La justicia indígena, que el resto del Ecuador es obligado a admirar como un tesoro cultural, es un látigo que obliga obediencia zombi dentro de cada comunidad. Los comuneros pueden ser multados o se les corta el agua, si no salen a las manifestaciones, convocadas por líderes, necesitan publicidad, víctimas y victimización; a costa de dejar podrir la vital y exigua producción agrícola de los mismos manifestantes. Hacer daño a su pueblo para intentar hacer daño al resto del país, es demencial.

La mitificación de lo ancestral ha crecido como un culto suicida al pasado, que mata el futuro de los más jóvenes. Mientras el mundo va a la biotecnología, los voceros de la Pachamama, rechazan con violencia la liberación del trabajo físico infructuoso, sancionando a la eficiencia y la productividad, como una traición a antepasados, de los cuales no existe constancia.

Líderes indígenas que navegan descaradamente entre dos mundos: controlan la tierra, sus recursos y aprisionan a su gente en una solidaridad que huele a esclavitud. Predican la pureza de las tradiciones, pero sus hijos pasean por Europa. Glorifican la pobreza tecnológica como virtud cultural y se reservan para ellos el acceso al primer mundo, donde se deambulan clamando que defienden la tierra.

El resultado es una raza desgarrada: inmensos territorios subutilizados, llenos de familias al borde de la hambruna. Una casta de indígenas diestros en las artes de las finanzas, que gerencian docenas de cooperativas, donde se cobran intereses usureros a sus “hermanos” de las comunidades y los que predican contra el consumismo, venden televisores de pantalla gigante y celulares de última generación. Millonarios que compran clubes de futbol. Dirigentes que exigen a cada gobierno millones que deben pasar por sus manos y políticos que sistemáticamente participan en todas las elecciones y arrasan con los recursos de alcaldías y prefecturas. Una tormenta que alimentamos los ecuatorianos con nuestros impuestos.

Lo comunitario ya no es autonomía, sino la tiranía de un control vertical, bolivariano, cubano. Microuniversos gobernados por Maduros de poncho y Castros de cara pintada, que se aferran a ancestros que inmovilizan, atontan y exigen la pureza de la pobreza que garantiza votos en cada elección.

La plurinacional idea ochentera de crear mini estados cuando se tiene idioma propio, territorio propio y leyes propias, se abortó cuando entendieron que pueden hacernos creer que son dueños de todo el país y gobernarnos por la fuerza del número y la violencia sin límite que pueden desarrollar en muchos puntos del país, bloquear carreteras, cortar el suministro de alimentos a una región completa, dejar sin agua a ciudades enteras; y aun así quedar de víctimas ante organismos internacionales.

Hace 50 años los hoy acaudalados países árabes, vivían en condiciones iguales de pobreza, pero sus líderes siempre miraron al futuro, al turismo, a la tecnología; en cambio, las dirigencias indígenas, una tras de otra, se aferran al pasado, tapan pozos petroleros y exigen derechos que aseguran el retroceso, la miseria, la ignorancia; y el desarrollo … Sigue otros caminos.