El diálogo como escapatoria

No podrán continuar por mucho tiempo con la apuesta de “prefiero morir antes que retroceder”, “no estamos prestos para dialogar con la dictadura”, cierres de vías, despeje de vías, palos, piedras, candela hasta ver quién se rinde. Gobierno y manifestantes  se desgastarán y apelarán al diálogo como escapatoria.

Pero el diálogo tiene enemigos y tiene reglas. Los enemigos del diálogo son la intransigencia, la mentira, los relatos y la propaganda que descalifica a la contraparte; los que azuzan, financian y entrenan a los violentos, los ideólogos, los partidos y los grupos sociales con capacidad de presión; los enemigos son legión.

De las reglas del diálogo que enseñó el filósofo Martin Buber rescatamos tres: la primera es reconocer al otro. El gobierno debe reconocer que los dirigentes indígenas son legítimos representantes elegidos por el sector indígena y estos dirigentes deben reconocer al presidente como representante legítimo del Estado y la sociedad. Mientras sigan calificándose de terroristas y dictadores, el diálogo será un subterfugio.

La segunda regla es generar confianza entre las partes actuando de buena fe. No hay buena fe, donde se hacen planteamientos imposibles, donde hay violencia o represión desmedida, donde se apela al terrorismo, que toma a la sociedad como rehén, donde se eluden las responsabilidades y se culpa a infiltrados.

Una tercera regla es definir la relación. Se trata de la necesidad de compartir, no de la necesidad de poder, es el encuentro de dos dialogantes en un marco común que les sobrepasa, es la percepción de que el enemigo es un tercero: la violencia organizada, la pobreza, el desempleo. Que hay algo por encima de las partes, el bien común.

Que no vuelvan a cumplir el rito ya conocido: el gobierno y la Conaie se desgastaron y entonces aceptaron a los mediadores, hablaron, hicieron peticiones, hicieron ofertas, suscribieron acuerdos, luego se creyeron ganadores y se olvidaron los acuerdos. Ambos ganaron, solo el pueblo perdió.     |